La caja de madera de tuya

La caja era de madera de tuya. Quien no conociera aquella madera habría dicho que estaba hecha de cualquier otro árbol viejo. El tiempo había oscurecido tanto su color que apenas conservaba el brillo rojizo de otros años. Solo cuando la luz de la mañana entraba por la puerta de la casa y caía de lado sobre la tapa, aparecían las vetas como hilos de miel escondidos bajo la superficie.

Era una caja pequeña. Podía sostenerse con las dos manos sin esfuerzo. La tapa estaba tallada con un árbol de copa ancha. Las ramas se extendían hasta los bordes y las raíces desaparecían bajo el dibujo, como si continuaran creciendo por dentro de la madera.

No tenía cerradura. Sus bisagras, hechas de un hierro oscuro, emitían un leve chirrido cada vez que alguien levantaba la tapa. Aquel sonido era tan antiguo que formaba parte de la casa igual que el roce del viento contra las cañas del tejado o el rumor del agua cuando llenaba la tinaja del patio.

La dueña de la caja se llamaba Amina, pero los vecinos la llamaban Lalla Amina por respeto, aunque hacía años que no quedaba nadie mayor que ella en el aduar. Su cabello era completamente blanco y siempre llevaba un pañuelo de algodón del mismo color para cubrirlo. Caminaba despacio. Siempre lo había hecho así. Su pare le enseñó que casi ninguna tarea mejora por hacerla deprisa.

Vivía sola en una casa de piedra y tierra apisonada, levantada en la ladera de una colina desde la que podían verse, en los días claros, los campos de arganes extendiéndose hacia el oeste. Cuando el aire venía del océano traía olor a sal. Cuando llegaba del interior olía a tierra seca, a tomillo y a leña recién cortada.

Era casa era pequeña. Tenía dos habitaciones, una cocina ennegrecida por el humo y un patio donde crecía una higuera vieja. En verano daba una sombra tan espesa que las gallinas buscaban refugio bajo ella durante las horas de más calor. En invierno, cuando las ramas quedaban desnudas, el sol alcanzaba el suelo y calentaba las losas durante buena parte de la tarde.

Cada mañana, antes de que el pueblo terminara de despertarse, Amina barría el patio con una escoba hecha de ramas de palma. Después llenaba la tetera, avivaba el brasero con unas ramas de argán y preparaba el primer vaso de té. Mientras el agua hervía, abría la puerta para que entrara la luz.

Solo entonces se acercaba a la caja.

No la abría enseguida. Primero retiraba el polvo con un paño limpio. Lo hacía despacio, pasando la tela por las esquinas, por las bisagras y por el árbol tallado de la tapa. A veces detenía la mano sobre el tronco, como quien reconoce con los dedos un camino aprendido muchos años atrás. Después levantaba la tapa.

Nadie sabía qué guardaba dentro.

No era un secreto que hubiera escondido. Sencillamente, nadie se lo había preguntado con suficiente confianza y ella nunca había sentido la necesidad de enseñarlo. Y, por supuesto, nadie se había atrevido a abrirla.

En el pueblo había quien aseguraba que conservaba las joyas de su boda. Otros decían que guardaba unas monedas antiguas que habían pertenecido a su abuelo. El viejo Idris, que había trabajado de muchacho en el puerto de Essaouira, sostenía que la caja había llegado desde muy lejos, en el equipaje de un comerciante venido del otro lado del mar.

Cada cual tenía una historia distinta. Amina escuchaba todas con la misma sonrisa tranquila y nunca corregía a nadie.


Karim vivía tres casas más abajo, donde el sendero comenzaba a descender hacia el pequeño arroyo que solo llevaba agua durante el invierno. Tenía diez años y una costumbre que su madre desaprobaba: cuando terminaba los recados, siempre encontraba un motivo para demorarse.

Si debía llevar un pan a un vecino, tardaba el doble. Si tenía que recoger unas aceitunas, regresaba cuando el sol ya estaba alto. Si iba a buscar a la cabra pequeña, volvía con ella y con un bolsillo lleno de piedras lisas, plumas o semillas que había encontrado por el camino.

No era desobediente. Solo le gustaba mirar y era muy curioso. Por eso conocía el pueblo mejor que muchos adultos. Sabía dónde anidaban las abubillas cada primavera. Sabía cuál era el primer almendro en florecer y cuál el último en perder las hojas. Sabía en qué rincón del barranco crecían las primeras flores después de las lluvias de otoño.

Y sabía también que Lalla Amina abría aquella caja todas las mañanas. Así que Karim nunca faltaba. Ni cuando el viento soplaba desde el océano y hacía silbar las rendijas de las puertas. Ni cuando la lluvia convertía los caminos en barro. Ni siquiera durante los días en que la anciana apenas salía de casa porque le dolían las rodillas.

La caja se abría siempre. Y se cerraba unos minutos después. Aquello era todo.

A Karim le parecía extraño que una persona pudiera dedicar cada día unos minutos a mirar una cosa que nadie más veía. Pensó muchas veces en preguntárselo pero, a pesar de su inmensa curiosidad, no se atrevía a preguntárselo. Así que esperó y siguió observando, procurando pasar por delante de la casa a la misma hora.

No siempre encontraba la puerta abierta. Algunos días Lalla Amina ya había terminado sus tareas y estaba sentada junto a la entrada, remendando una chilaba o desgranando habas en una fuente de barro. Otros, el humo del brasero salía por el tejado y no se veía a nadie.

La caja seguía dentro, claro está. Él lo sabía. No hacía falta verla. Tras unos cuantos días empezó a saludar.

—La paz sea contigo, Lalla Amina.

—Y contigo, hijo.

Nada más.

Cada uno seguía con lo suyo.

El muchacho continuaba camino hacia la fuente o hacia el molino. La anciana volvía a bajar la vista sobre la labor que tuviera entre las manos.

Así transcurrieron varias semanas.

En los pueblos pequeños, las amistades suelen comenzar de esa manera. Primero se comparte el saludo. Más adelante llegan el resto de palabras.

Una mañana la madre de Karim amasó más pan del acostumbrado. Cuando sacó las últimos hogazas del horno de barro, envolvió una de ellas en un paño limpio y le dijo a Karim:

—Llévasela a Lalla Amina. Ayer me prestó un poco de levadura.

Karim echó a andar por el sendero, completamente ilusionado. La anciana estaba sentada bajo la higuera, limpiando unas aceitunas verdes con la punta de un cuchillo pequeño.

—Mi madre dice que es para usted.

Amina dejó el cuchillo sobre el cuenco y recibió el pan con las dos manos. Se lo acercó un instante al rostro, respirando el olor de la corteza caliente.

—Dale las gracias de mi parte. Es muy amable.

Entró en la casa y regresó enseguida. Traía un pequeño cuenco de barro lleno de higos secos.

—Llévaselos.

Karim sonrió.

—Mi madre dirá que le devuelve usted demasiado.

—Entonces dile que la próxima vez me devuelva ella menos.

Los dos rieron. Fue la primera vez que compartieron nuevas palabras y aquellas risas que unieron las almas de dos personas tan lejanas en generaciones creó una estampa inolvidable. Al menos, para Karim lo sería.


Desde aquel día, al muchacho le pareció que la casa era un poco menos silenciosa. A veces encontraba a Lalla Amina limpiando garbanzos. Otras, separando almendras de sus cáscaras. En ocasiones no hacía nada. Permanecía sentada al sol, con las manos cruzadas sobre el regazo, mirando el valle como si esperara a alguien que nunca terminaba de aparecer por el camino.

Karim se sentaba un rato en el poyo de piedra. No hablaban mucho. Él le contaba que una de las cabras había tenido dos chivos en lugar de uno o que el maestro había prometido enseñarles un mapa nuevo. O bien cualquier comentario sobre la gente del pueblo, como que el hijo del herrero decía haber visto un zorro al amanecer.

Amina escuchaba. De vez en cuando hacía una pregunta. Nunca muchas. Tenía la costumbre de dejar que las personas acabaran sus historias antes de responder.

Aquello gustaba a Karim. Con los adultos de su barrio ocurría casi siempre lo contrario. Mientras uno hablaba, ellos ya estaban pensando en la contestación.

Una tarde, el muchacho encontró sobre el suelo del patio un puñado de pequeñas virutas perfumadas. Las recogió y olfateó una de ellas. Desprendía un aroma dulce, mezclado con resina y tierra caliente.

—Es tuya —dijo Amina.

Karim levantó la vista.

La anciana sostenía una cucharilla de madera a medio hacer.

—¿La misma madera que la caja?

Ella asintió.

—La trajo mi marido de Essaouira hace muchos años.

Karim volvió a oler la viruta. No se parecía a ninguna otra madera del pueblo. Ni al argán. Ni al olivo. Ni a los eucaliptos que crecían junto al camino. Era un olor que permanecía en las manos incluso después de dejar la astilla sobre la mesa.

—¿La hizo él?

Amina negó despacio.

—No. Se la compró a un artesano.

No añadió nada más.

Karim comprendió que la conversación había terminado.

Sin embargo, aquella noche, mientras ayudaba a su padre a recoger el corral, siguió pensando en el hombre que había construido la caja. Se lo imaginó muy viejo, con una barba blanca que le llegaba al pecho y unas manos oscuras de tanto trabajar la madera, sentado junto a una ventana abierta, inclinándose sobre la tapa durante semanas enteras para terminar el árbol.

No acertó en casi nada. Pero eso no podía saberlo.


Pasaron los días. El aire empezó a enfriarse. Al amanecer aparecía un velo de humedad sobre las piedras y las mujeres tendían la ropa un poco más tarde porque el sol tardaba en calentar los patios. Los rebaños regresaban antes de los montes. Las tardes se hacían más cortas.

Una mañana Karim llegó cuando Amina aún no había abierto la caja. La anciana estaba de pie frente a ella. Tenía la mano apoyada sobre la tapa. No parecía triste, pero tampoco alegre. Solo permanecía inmóvil. Al advertir la presencia del muchacho retiró la mano.

—Has madrugado.

—Mi padre salió temprano con el burro.

Hubo un momento de silencio.

Karim miró la caja. Luego miró a la anciana. Después volvió a mirar la caja.

Amina sonrió apenas.

—Llevas muchos días preguntándote qué hay dentro ¿verdad?

El muchacho bajó la cabeza. Pensó que iba a regañarle por su curiosidad. Pero la anciana acercó una silla de enea y la colocó junto a la suya.

—Siéntate un poco.

Karim obedeció.

Amina no abrió la caja, ni siquiera puso la mano sobre la tapa. Miró hacia el patio, donde las últimas hojas de la higuera empezaban a desprenderse.

—Antes de enseñarte lo que guarda —dijo al cabo de un rato—, tendrás que conocer la historia de la caja. Si no conoces la historia, lo que hay dentro te parecerá una cosa pequeña y nada más.

Karim permaneció muy quieto, expectante. Pero no respondió. Permaneció muy quieto.

Lalla Amina miró un buen rato hacia el valle.

A esa hora, el sol apenas había terminado de superar la loma que cerraba el horizonte por el este. La luz descendía despacio por las pendientes, iluminando primero las copas de los arganes y después los pequeños bancales donde empezaban a brotar las habas del invierno. Más abajo, el arroyo era una cinta brillante entre las piedras.

—Hace muchos años —dijo al fin— este camino era distinto.

Karim siguió la dirección de su mirada.

El sendero era el de siempre. Bajaba entre piedras, daba un rodeo junto a una roca grande y desaparecía detrás de un grupo de lentiscos.

—Entonces no había tantas casas —continuó ella—. Tampoco había escuela. Solo unas pocas familias y un molino que el agua movía cuando las lluvias eran buenas.

Guardó silencio otra vez.

—Mi padre hacía cestos. Los vendía donde podía. Unas veces iba a los pueblos de la montaña, otras llegaba hasta la costa. Cuando yo fui bastante mayor para ayudarle, me llevó con él.

Karim nunca había salido más allá del mercado de la comuna. Le costaba imaginar un viaje de varios días.

—¿Fueron con un carro?

—Con una mula.

Sonrió al decirlo.

—Era más vieja que yo ahora y tenía muy mal genio. Si uno caminaba demasiado despacio, se detenía. Si caminaba demasiado deprisa, también se detenía.

Karim soltó una risa.

—Entonces, ¿cómo hacía?

—Esperar a que cambiara de idea.

La anciana sonrió un instante, pero enseguida volvió a mirar el valle.

—Tardamos cuatro días en llegar a Essaouira.

Pronunció el nombre despacio, como si todavía pudiera ver la ciudad delante de ella.

—Yo nunca había visto el mar. Había oído hablar de él muchas veces. Decían que no tenía orillas al otro lado y que el agua sabía a sal. Decían también que el viento no dejaba de soplar casi nunca sobre él; que había diferentes tipos de viento y que incluso la luna podía influir en sus mareas… Incluso, que había quienes morían en él o que había seres (sirenas me dijeron) en él que te podían enloquecer. Pero todo aquello pertenecía a un lugar que solo conocía por las palabras de los demás. Cuando lo vi, lo único que pensé fue que el cielo se había caído sobre la tierra.

Karim había aprendido que las historias de Lalla Amina caminaban despacio, pero ésta la estaba explicando con tanta emoción que parecía correr.

—El ruido fue lo que más me sorprendió: las olas, las gaviotas. Había cientos de ellas. Quizá miles. Nunca había visto tantos pájaros juntos. En cierta manera, me asustó.

Cerró un momento los ojos.

—Y el olor.

Se llevó una mano al pecho.

—De veras olía a sal, a pescado, a redes mojadas, a madera recién cortada y a especias. Todo al mismo tiempo.

Karim trató de imaginar su impresión, pero le fue imposible. En el pueblo las cosas tenían un olor cada una: la tierra olía a tierra, la leña olía a leña, el pan recién hecho olía a pan. No alcanzaba a comprender cómo podían mezclarse tantos aromas sin estorbarse unos a otros.

—Vendimos todos los cestos el segundo día.

—¿Y después?

—Mi padre dijo que no volveríamos enseguida. Quería comprar algunas cosas para la casa.

Karim asintió. Al jovencito aquello le pareció razonable.

Cuando las familias iban al mercado grande nunca regresaban con una sola compra.

—Recorrimos muchas calles. Había hombres trabajando el cuero, otros golpeando cobre, otros tiñendo lana. Yo no sabía adónde mirar. Me sentía abrumada.

La anciana levantó la mano y señaló la caja.

—Hasta que entramos en un taller pequeño.

Karim volvió la vista hacia ella.

—Era un lugar oscuro. La puerta permanecía abierta y, aun así, dentro parecía atardecer. En las paredes colgaban cajas de todos los tamaños. Algunas eran redondas. Otras tenían la tapa abombada. Había bandejas, pequeños cofres y mesas bajas.

Se inclinó un poco hacia delante.

—Todo olía igual que esas virutas que encontraste el otro día.

Karim respiró hondo, como si todavía conservara aquel aroma.

—El hombre que las hacía trabajaba en silencio. Apenas levantó la cabeza cuando entramos. Tenía un banco de madera muy bajo y sujetaba una pieza con los pies mientras la iba tallando con un cuchillo pequeño.

Amina movió despacio la mano, dibujando el gesto en el aire.

—No iba deprisa.

—¿Era viejo?

Ella tardó un momento en responder.

—Entonces me pareció muy viejo.

Sonrió.

—Ahora creo que tendría menos años de los que yo tengo hoy.

Los dos guardaron silencio.

Desde el camino llegó el tintineo de un rebaño. Un pastor pasó despacio delante de la casa. Saludó levantando la mano y Lalla Amina le devolvió el saludo.

Esperaron a que el sonido de los cencerros se perdiera entre las lomas.

—Mi padre compró unas cucharas de madera y una tabla para amasar el pan.

Karim miró de nuevo la caja.

—¿Y la caja?

La anciana negó con suavidad.

—No.

Parecía divertirse un poco al ver la impaciencia del muchacho.

—La caja seguía sobre una estantería.

Karim frunció el ceño.

—Entonces, ¿por qué la tiene usted?

Amina apoyó las manos sobre el regazo, miró la tapa tallada como quien vuelve a encontrarse con una persona conocida.

—Porque, cuando ya nos íbamos, ocurrió una cosa que ninguno de los dos esperaba.

Y, al decir aquello, abrió por primera vez la caja. No del todo. Solo lo suficiente para que las bisagras dejaran escapar aquel leve chirrido que Karim había oído tantas mañanas desde el patio.

Después volvió a cerrarla con el mismo cuidado.

—Pero eso fue al día siguiente.

Y no añadió una palabra más.


Karim pensó que Lalla Amina había terminado de hablar.

Esperó un momento más.

La anciana tomó la tetera, llenó dos vasos hasta la mitad y volvió a verter el té en la tetera. Lo hizo una segunda vez. A la tercera, el líquido cayó desde cierta altura formando una espuma fina sobre el cristal.

Le tendió un vaso al muchacho.

—Bebe mientras está caliente.

Karim dio un sorbo corto. El té estaba dulce y desprendía el aroma de la hierbabuena recién cortada.

Durante un rato ninguno de los dos habló. Solo se oía el roce de las hojas secas de la higuera, que el viento arrastraba de un lado a otro del patio.

—¿Volvieron al taller? —preguntó por fin Karim.

—Sí.

La respuesta fue tan breve que el muchacho creyó que tendría que esperar otra vez.

Pero Lalla Amina continuó.

—Mi padre quería agradecer al artesano el trato que nos había dado. Le había rebajado el precio de la tabla de amasar porque descubrió que uno de los cestos estaba roto y no quiso que regresáramos con la impresión de haber hecho un mal negocio.

Sonrió ligeramente.

—Eso decía él. Yo creo que simplemente era un hombre bueno.

»Cuando llegamos, la puerta estaba abierta como el día anterior. El banco seguía en el mismo sitio y las herramientas también. Pero el artesano no trabajaba. Estaba sentado en un taburete, con las manos apoyadas sobre las rodillas.

Karim levantó la vista.

—¿Estaba enfermo?

—Eso parecía.

Amina dejó el vaso sobre la mesa.

—Mi padre le preguntó si se encontraba bien. El hombre respondió que sí. Pero, mi padre volvió a preguntarle y entonces dijo que no.

La anciana guardó silencio unos instantes.

—Hay personas que contestan la verdad sólo si les insisten.

Karim no hizo ningún comentario. Pensó en su propio padre. También él solía responder «nada» cuando algo le preocupaba. Y, sin embargo, su madre siempre terminaba averiguándolo.

—El artesano nos contó que aquella mañana había muerto su hermano. Vivía en un pueblo del interior y la noticia había llegado con un viajero. No podía marcharse hasta el día siguiente. Tenía encargos que terminar y una deuda que pagar antes de cerrar el taller. Mientras hablaba, no dejó de mirar la madera que tenía delante. No lloraba, pero daba la impresión de que toda la fuerza que había tenido en las manos se le había quedado muy lejos.

Karim sostuvo el vaso con ambas manos.

El té ya no quemaba.

—¿Qué hizo su padre?

—Nada extraordinario.

Aquella respuesta sorprendió al muchacho. Esperaba otra cosa. Algún gesto importante. Alguna ayuda memorable.

—Se quitó la chilaba, la dobló sobre un banco y empezó a barrer el serrín del suelo.

Karim sonrió sin querer.

—¿Barrer?

—Sí.

El artesano le dijo que no hacía falta. Mi padre contestó que ya lo sabía, pero siguió barriendo. Después ordenó unas tablas que estaban apoyadas contra la pared, llenó una tinaja de agua, sacó las virutas al patio para que no estorbaran y, cuando terminó todo aquello, se sentó junto al hombre.

No hablaron mucho. A veces el silencio hace mejor compañía que las palabras.

La anciana levantó el vaso y bebió un pequeño sorbo.

—Yo me quedé fuera, pero podía verles.

Había un gato dormido sobre un montón de cuerdas. Me pasé casi toda la mañana intentando acercarme sin despertarlo.

Karim rió.

—¿Lo consiguió?

—No.

En cuanto estaba a dos pasos, abría un ojo y se marchó.

Los dos rieron un momento.

Después el patio volvió a quedarse en silencio.

—Cuando el sol empezó a bajar, el artesano entró en la trastienda. Tardó bastante en regresar. Traía esta caja entre las manos.

Amina apoyó los dedos sobre la tapa y la acarició.

—Mi padre pensó que quería vendérsela y le dijo que, lamentablemente, ya no le quedaba dinero. El hombre negó con la cabeza. Dijo que aquella caja no estaba en venta. Karim frunció el ceño.

—Entonces…

—Se la ofreció.

El muchacho abrió mucho los ojos.

—¿Así, sin más?

—Así.

Mi padre tampoco quiso aceptarla. Discutieron un buen rato. Uno decía que no podía cobrar por una ayuda que cualquier persona habría prestado. El otro respondía que no estaba pagando la ayuda.

Mi padre insistía. El artesano insistía más.

Al final, el hombre apoyó la caja en las manos de mi padre y dijo una sola cosa.

Lalla Amina calló.

Karim esperó.

La anciana parecía buscar aquellas palabras muy atrás, como si todavía estuvieran escondidas entre los años.

—Dijo: «Las cosas bien hechas nunca pertenecen del todo a quien las hizo.»

No añadió nada más.

Entró en el taller.

Y ya no volvió a salir mientras nosotros permanecimos allí.

Karim miró la caja con una atención distinta. Hasta entonces había pensado que era un objeto bonito. Ahora empezaba a verla como una parte de la vida de personas a las que nunca conocería.

—¿Y qué había dentro?

Lalla Amina sonrió.

—Nada.

Karim parpadeó.

—¿Nada?

—Estaba vacía.

El muchacho no supo qué decir.

Había esperado monedas antiguas, algún documento. Tal vez una joya. Pero una caja vacía le parecía un regalo extraño.

—Mi padre dijo durante todo el camino de vuelta que un cofre vacío no era un cofre terminado.

Yo no entendí lo que quería decir. Pensaba que hablaba de la madera. Muchos años después comprendí que no hablaba de la madera en absoluto.

La anciana dejó de hablar. Esta vez no porque el recuerdo le pesara, sino porque la historia, igual que el camino hasta Essaouira, todavía tenía un largo trecho por delante.


Durante los días que siguieron, Karim encontró cualquier pretexto para pasar por la casa de Lalla Amina.

Y su madre no tardó en darse cuenta.

—Desde que ayudas a esa mujer, los recados duran el doble.

Karim bajó la cabeza para que ella no le viera sonreír.

No era mentira. Pero tampoco lo era que, cuando regresaba, siempre traía consigo alguna tarea hecha. Un haz de leña para el brasero, un cántaro lleno o un manojo de hierbas que la anciana había pedido.

Lalla Amina nunca le retenía.

Si el muchacho se quedaba era porque él mismo buscaba la manera de alargar la visita.

Una mañana la encontró sentada junto a la puerta. Tenía un pequeño cuenco sobre las rodillas y estaba separando almendras sanas de otras que los insectos habían echado a perder.

—Hoy no hay historia —dijo ella antes de que Karim pudiera preguntar.

Él tomó asiento sin decir nada e, inmediatamente, se dispuso a ayudarla.

Las almendras buenas iban a un lado. Las otras, a otro.

Cuando terminaron, Amina llevó las cáscaras al patio para que sirvieran de combustible. Nada se desperdiciaba en la casa. Ni una rama. Ni un trozo de cuerda. Ni un saco viejo.

Aquella tarde llovió una lluvia fina, casi un rocío. Las gotas caían despacio, dejando manchas oscuras sobre la tierra del camino. El olor a barro mojado entró por la puerta y llenó la habitación.

Pasó una semana sin incrementar el relato y el invierno avanzaba despacio. En las noches claras el frío endurecía la tierra y, al amanecer, el agua de los barreños parecía más quieta que de costumbre.

Los hombres salían envueltos en sus chilabas de lana. Las mujeres amasaban el pan antes de que despuntara el día. El humo ascendía recto desde las chimeneas mientras el aire permanecía inmóvil.

Fue una de aquellas mañanas cuando Lalla Amina abrió la caja delante de Karim por segunda vez. Lo hizo sin decir una palabra. Levantó la tapa muy despacio y metió una mano en el interior. Sacó un pequeño envoltorio de lino, amarilleado por los años, y lo dejó sobre la mesa.

Karim contuvo la respiración.

El paño estaba sujeto por una cinta azul muy descolorida. La anciana deshizo el nudo con dedos pacientes.

Cuando terminó de desplegar la tela, apareció una bellota. Era pequeña, más oscura que las que caían de las encinas del monte y completamente lisa por un lado, como si hubiera pasado muchas veces entre unos mismos dedos.

Karim la miró sin comprender. ¿Aquello era todo? Una bellota. Nada más.

Lalla Amina la tomó entre el pulgar y el índice. La sostuvo a la altura de la luz que entraba por la puerta.

—¿Sabes de qué árbol es?

Karim negó con la cabeza.

—Creo que de una encina.

—Sí.

La anciana sonrió.

—Pero esta no nació aquí.

Karim frunció el ceño.

—¿La trajeron de Essaouira?

—No.

La respuesta volvió a sorprenderle.

—Entonces…

Amina dejó la bellota sobre el paño. Permaneció un momento mirándola.

—La caja vino de Essaouira. Esto llegó mucho después.

El muchacho aguardó. Ya conocía aquella manera de contar.

—Pasaron muchos años desde aquel viaje. Mi padre murió. Después me casé. Tu abuelo Hassan aún era un muchacho cuando yo vine a vivir a esta casa. Todo era distinto…

La higuera del patio apenas levantaba un metro del suelo y el camino por donde tú vienes era poco más que una vereda entre las piedras.

Mientras hablaba, volvió a envolver la bellota en el lino.

No hizo el nudo. La dejó sobre la mesa.

—Mi marido, Yusef, era pastor. ¡Conocía los montes mejor que nadie! Había lugares donde encontraba agua incluso en los veranos más secos. Sabía dónde crecían los espárragos silvestres y qué barrancos no convenía cruzar cuando empezaban las lluvias.

Karim escuchaba sin apartar los ojos de la anciana.

—Un invierno regresó muy tarde. Yo llevaba horas esperándolo. Cuando por fin apareció, venía cansado. Traía el zurrón al hombro y las botas cubiertas de barro. Cenamos juntos, pero hablamos poco. Antes de acostarse metió la mano en el bolsillo de la chilaba y dejó algo sobre la mesa. Era esta bellota.

Karim la contempló otra vez.

Seguía sin parecerle distinta de cualquier otra.

—Le pregunté por qué la había traído. Él respondió que había encontrado una encina muy vieja en un lugar donde nunca antes la había visto. Estaba sola. No había otra cerca. Debía de llevar allí muchísimos años. Recogió una bellota y la guardó en el bolsillo pensando que me gustaría verla.

Amina sonrió.

—Sabía que siempre me habían gustado los árboles.

La sonrisa desapareció poco a poco.

—Dos días después salió otra vez con el rebaño. Y ya no regresó.

El viento movió las ramas desnudas de la higuera súbitamente.

Karim subió la vista, algo asustado por ese viento repentino.

Lalla Amina volvió a envolver la bellota con el mismo cuidado.

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Esta vez sí hizo un nudo. Después guardó el pequeño paquete en la caja y la cerró.

El chirrido de las bisagras sonó apenas un instante.

—Lo encontraron tres días más tarde —dijo en voz baja—. Una tormenta había hecho crecer el arroyo. Intentó cruzarlo para volver antes de que anocheciera.

La anciana no lloraba mientras lo explicaba.

Quizá por ello, Karim sintió un peso desconocido en el pecho. Miró la caja. Luego el árbol tallado en la tapa. Y, después, volvió a mirar a Lalla Amina.

Por primera vez comprendió que algunas cosas muy pequeñas podían ocupar toda una vida.


Las lluvias llegaron al fin. No fueron abundantes, pero bastaron para cambiar el color de los campos. Allí donde unas semanas antes solo había tierra parda empezaron a aparecer manchas verdes. Los pastores sonreían más. Los rebaños encontraban hierba tierna en los lugares donde llevaban meses mordiendo ramas secas.

Durante casi diez días nadie pensó en subir a los montes. Los senderos estaban resbaladizos y el arroyo, aunque no era ancho, bajaba con bastante fuerza.

Lalla Amina aprovechó aquellos días para poner la casa en orden: sacó las alfombras al patio cuando el sol aparecía entre las nubes, remendó una manta que había empezado a abrirse por un borde y limpió la lámpara de aceite y cambió la mecha.

Karim acudía siempre que terminaba la escuela, pero no hacía preguntas sobre la encina. Ya hacía mucho que había comprendido que la anciana hablaría cuando creyera oportuno hacerlo.

Una tarde encontró a Lalla Amina mirando un viejo bastón apoyado contra la pared. Era de acebuche. La madera, pulida por los años, brillaba donde la mano la había sujetado miles de veces. La anciana pasó los dedos por el mango.

—Éste era de Yusef.

Karim lo tomó con cuidado. Pesaba más de lo que parecía. En la parte superior tenía unas pequeñas marcas hechas con un cuchillo. No formaban dibujos. Eran simples cortes, uno junto a otro.

—¿Qué significan?

—Cada primavera hacía uno nuevo.

—¿Por qué?

Amina sonrió.

—Nunca se lo pregunté.

Volvió a coger el bastón y lo apoyó en el suelo.

La punta encajó perfectamente entre dos losas del patio.

—Hay personas que hacen ciertas cosas porque sí, supongo.

Permanecieron un momento observando el bastón. Después la anciana volvió a dejarlo en su rincón.


Al amanecer del tercer día sin lluvia, el muchacho oyó que llamaban a la puerta de su casa. Todavía no había salido el sol. Su madre fue a abrir.

Desde la cama, Karim reconoció la voz de Lalla Amina.

Saltó al suelo y se vistió deprisa.

Cuando salió al patio, la anciana esperaba con una pequeña alforja colgada del hombro. Llevaba el bastón en una mano. En la otra, sostenía la caja. No la había visto nunca fuera de la casa.

Karim la miró con sorpresa.

—No voy a dejarla sola.

El muchacho asintió sin preguntar.

Su madre apareció con un hatillo de pan, unas aceitunas negras y un trozo de queso de cabra envuelto en un paño.

—Comeréis por el camino.

Lalla Amina le dio las gracias.

Los tres intercambiaron unas palabras más y, cuando el cielo empezaba a aclararse, echaron a andar.

El sendero ascendía despacio entre los arganes. Las ramas, todavía húmedas por la lluvia, dejaban caer gotas sobre quienes pasaban debajo.

De vez en cuando aparecía alguna cabra subida a un tronco inclinado, mordisqueando las hojas más altas.

Karim caminaba unas veces delante y otras detrás de la anciana. Ella no aceptó que le llevara la caja.

—Mientras pueda, la llevaré yo.

No era una negativa seca. Lo dijo con la misma naturalidad con que habría dicho que el pan debía guardarse envuelto o que las brasas no se apagaban echándoles agua.

Subieron durante casi dos horas.

El pueblo fue quedando abajo. Primero dejaron de verse las casas, luego desapareció el minarete. Por último, el humo de las cocinas. Solo quedaron las lomas.

A media mañana llegaron a un pequeño llano donde crecían varios lentiscos.

Había una roca grande, partida por la mitad.

Lalla Amina se detuvo y miró alrededor.

Frunció un poco el ceño.

—No recuerdo este sitio.

Karim observó el paisaje. Todo le parecía igual. Piedras. Matorrales. Algunos arganes muy separados unos de otros.

La anciana dio unos pasos hacia un lado. Después volvió sobre ellos. Se quedó pensando.

—El camino ha cambiado.

—¿Mucho?

—Lo suficiente para no reconocerlo.

Siguieron andando. En algunos lugares apenas se distinguía la senda. Las lluvias de muchos inviernos habían arrastrado la tierra y abierto pequeños surcos entre las piedras.

Más de una vez Karim tuvo que ofrecer un brazo para ayudar a la anciana a salvar un desnivel. Ella aceptaba la ayuda sin decir nada.

Poco antes del mediodía llegaron junto a un manantial. El agua salía entre dos rocas cubiertas de musgo y caía en una pequeña poza transparente.

Había huellas recientes de cabras y de jabalíes.

Se sentaron a descansar. Karim llenó los dos vasos de latón que Lalla Amina llevaba en la alforja.

Mientras comían un poco de pan, apareció un anciano conduciendo un pequeño rebaño de ovejas. Se saludaron.

El pastor se detuvo un momento y fijó su vista sobre Lalla Amina con atención.

Luego sonrió.

—Hace años que no la veía por estos montes.

—Demasiados.

Hablaron un rato del estado de los pastos, de la lluvia, de un puente que el agua había derribado unos kilómetros más abajo.

Cuando el pastor se disponía a marcharse, Lalla Amina le hizo una pregunta.

—¿Quedan encinas grandes por esta zona?

El hombre apoyó las dos manos sobre el cayado.

Pensó unos instantes.

—Pocas. Las cabras acabaron con muchas hace tiempo.

Se volvió hacia las montañas y levantó el brazo.

—Pero aún queda una.

Está cerca del barranco de las adelfas. Dicen que ya era vieja cuando mi abuelo llevaba los rebaños por allí.

Lalla Amina siguió con la mirada la dirección que señalaba el pastor.

El hombre se despidió y continuó su camino. Las ovejas fueron alejándose poco a poco, haciendo sonar los cencerros. Cuando el último tintineo dejó de oírse, Karim vio que la anciana seguía mirando hacia el mismo lugar. Entonces comprendió que, por primera vez desde que habían salido del pueblo, ya no estaba buscando el camino.

Ya lo había encontrado.


Reanudaron la marcha cuando el sol empezaba a caer hacia el oeste. El sendero descendía ahora entre dos laderas cubiertas de jaras y romero. Después volvía a subir bordeando un barranco poco profundo. En el fondo crecían adelfas y algunos fresnos que conservaban todavía unas pocas hojas amarillas.

Lalla Amina caminaba despacio. No parecía cansada. Más bien procuraba mirar cada recodo del camino.

En dos ocasiones se detuvo sin decir nada. Se acercó a una roca. La observó unos instantes y luego siguió adelante.

Karim comprendió que buscaba recuerdos tanto como lugares.

Al cabo de un rato llegaron a una explanada pequeña. El viento soplaba allí con más fuerza. Los arganes quedaban atrás. Empezaban a aparecer encinas bajas, separadas unas de otras. Ninguna era especialmente grande.

El muchacho miró alrededor.

—¿Es aquí?

Lalla Amina negó con suavidad.

—No.

Continuaron.

El terreno volvió a cambiar. Las piedras eran más oscuras y el suelo estaba cubierto por una capa de hojas secas que crujían bajo las botas.

No tardaron en ver un tronco caído. Había debido de ser un árbol enorme. La madera estaba abierta por la mitad y cubierta de líquenes.

Amina pasó la mano por el tronco.

—Éste no estaba.

Siguió caminando.

Un poco más adelante el sendero desaparecía entre unos matorrales.

Karim apartó las ramas para que la anciana pudiera pasar.

Al otro lado había un claro, no era muy grande. Tendría el tamaño de una casa con su patio. Y, en el centro, crecía una encina.

Durante unos instantes ninguno de los dos habló.

El árbol levantaba un tronco ancho y retorcido. Varias ramas gruesas nacían casi desde la base y se abrían en todas direcciones. Algunas habían perdido grandes trozos de corteza. Otras parecían completamente secas. Sin embargo, la copa seguía verde. Las hojas nuevas asomaban entre las viejas.

Bajo el árbol apenas crecía hierba. La sombra ocupaba casi todo el claro.

Lalla Amina dejó la caja en el suelo. Después apoyó una mano sobre el tronco. Cerró los ojos en silencio.

Permaneció allí un buen rato.

Karim dio unos pasos alrededor de la encina.

Encontró varias bellotas entre las hojas. Las levantó una por una. Eran pequeñas. Algunas estaban abiertas. Otras conservaban todavía el casquillo.

Las dejó donde estaban.

Cuando volvió junto a la anciana, ella seguía inmóvil.

El viento movía las ramas más altas. De vez en cuando caía una hoja.

Karim levantó la vista.

Le pareció que el árbol era mucho mayor de lo que había imaginado mientras escuchaba la historia, quizá porque había esperado encontrar un árbol cualquiera.

Y aquel no lo era.

Lalla Amina retiró por fin la mano del tronco y se agachó con esfuerzo.

Abrió la caja. Sacó el pequeño envoltorio de lino. Deshizo la cinta azul y tomó la bellota entre los dedos.

Karim la observaba sin moverse.

Pensó que iba a dejarla al pie del árbol. O quizá enterrarla.

Pero la anciana hizo otra cosa.

Acercó la bellota al tronco. La sostuvo un instante sobre la corteza y después volvió a envolverla con el mismo cuidado de siempre. La guardó otra vez en la caja y la cerró.

Karim no entendía por qué y esperó.

Al cabo de un rato preguntó:

—¿Por qué no la planta?

Lalla Amina tardó en contestar. Se sentó sobre una piedra lisa y apoyó las manos en el bastón.

—Porque nunca fue una semilla para plantar.

Karim miró el árbol.

Luego la caja.

Volvió a mirar el árbol.

La anciana respiró despacio antes de continuar.

—Yusef no la recogió para que naciera otro árbol.

La recogió porque había estado aquí. Eso era lo que quería traerme.

El muchacho permaneció callado.

Amina señaló la encina.

—Mírala bien.

Karim obedeció.

El tronco estaba hueco por un lado. Había ramas partidas. Una de ellas descansaba ya sobre el suelo.

—Ha cambiado mucho. Pero sigue siendo el mismo árbol.

La anciana asintió.

Un petirrojo bajó de una rama y empezó a picotear entre las hojas. Apenas pareció darse cuenta de que no estaba solo.

Lalla Amina sonrió al verlo. Después abrió la alforja y sacó un trozo de pan. Partió una pequeña miga y la dejó sobre una piedra.

El pájaro levantó la cabeza y esperó unos segundos. Luego dio dos saltitos y se acercó.

Karim siguió todos sus movimientos.

Cuando el petirrojo echó a volar, la anciana volvió a guardar el pan.

El sol empezaba a bajar.

La luz atravesaba las ramas y dejaba manchas doradas sobre el suelo.

Lalla Amina levantó la caja.

Miró una vez más la encina.

—Vamos.

Karim recogió el bastón.

Antes de marcharse volvió la cabeza.

La encina seguía en medio del claro, igual que cuando habían llegado. El viento movía las hojas.

Nada más.

Y los dos emprendieron el camino de regreso antes de que anocheciera.


El camino de vuelta resultó más silencioso. Cuando el sol desapareció detrás de las lomas, el frío empezó a bajar por los barrancos.

Karim ofreció a Lalla Amina la manta que llevaban enrollada. Ella la aceptó y se la echó sobre los hombros.

Caminaron un buen trecho oyendo únicamente el roce de sus pasos sobre la grava.

Al llegar al manantial volvieron a detenerse. El agua seguía cayendo con el mismo murmullo de la mañana.

Karim llenó los vasos.

Mientras bebían, la anciana dijo:

—Yusef quería volver.

El muchacho levantó la cabeza mientras guardaba el vaso en la alforja.

—Decía que, cuando fuera viejo y ya no pudiera acompañar al rebaño, subiríamos juntos hasta esta encina cada invierno. Traeríamos pan, beberíamos té y regresaríamos antes de que anocheciera.

Sonrió apenas.

—Hizo muchos planes para cuando fuera viejo.

No añadió nada más.

Reanudaron la marcha.

Cuando llegaron al pueblo ya habían encendido las lámparas de aceite en algunas casas.

La madre de Karim esperaba junto a la puerta. Al verlos aparecer respiró con alivio.

—Ya pensaba que pasaríais la noche en el monte.

Lalla Amina dejó la caja sobre el banco de piedra que había junto a la entrada.

—Nos entretuvimos más de la cuenta.

La mujer les sirvió una sopa caliente.

Karim contó el encuentro con el pastor, el manantial y la encina, pero no habló de la bellota.

Aquello le pareció una cosa de Lalla Amina.

Después de cenar acompañó a la anciana hasta su casa.

Antes de despedirse, ella le puso una mano en el hombro.

—Gracias por venir conmigo.

—Volveremos a ir, ¿verdad?

Amina no respondió.

Entró despacio. La puerta se cerró sin hacer apenas ruido.

Los días siguieron pasando.

El invierno fue dejando paso a un aire menos frío. En las ramas de la higuera aparecieron los primeros brotes. Las golondrinas regresaron una mañana y comenzaron a entrar y salir bajo los aleros de las casas.

Karim siguió visitando a Lalla Amina.

A veces trabajaban.

Otras simplemente tomaban el té.

La caja permanecía siempre en su sitio. Ya no despertaba la misma curiosidad que al principio. Había dejado de ser un misterio para convertirse en una presencia familiar, como la tetera de latón o el viejo reloj de arena con el que la anciana medía el tiempo de algunas tareas.

Una tarde encontraron al hijo de un vecino intentando enderezar un almendro joven que el viento había vencido. El árbol apenas levantaba dos palmos del suelo.

El muchacho había clavado una estaca, pero no conseguía sujetarlo.

Lalla Amina dejó su cesta en el suelo. Se acercó sin decir nada y aflojó la cuerda. Enderezó el tronco con mucho cuidado. Luego colocó dos estacas, una a cada lado, y pasó la cuerda formando un ocho para que la corteza no rozara la madera.

Cuando terminó, el almendro quedó derecho.

El vecino le dio las gracias y la anciana restó importancia al asunto.

Siguieron su camino.

Karim miró hacia atrás.

El árbol parecía muy pequeño.

—¿Cree que vivirá?

—Si las cabras no lo encuentran antes, sí.

Aquella respuesta hizo reír al muchacho sin dejar de caminar.


Una mañana Karim llegó más temprano de lo habitual.

Encontró a Lalla Amina en el patio. Tenía la caja abierta. Ella no advirtió su presencia.

El muchacho permaneció junto a la puerta mientras la anciana sostenía la bellota entre las manos. La observó un momento. Después la volvió a envolver con el paño de lino y cerró la caja.

Solo entonces levantó la vista.

—Has llegado sin hacer ruido.

—No quería asustarla.

Amina sonrió.

Señaló el rincón del huerto donde solo había tierra.

—Ven un momento.

Los dos caminaron hasta allí.

La anciana se apoyó en el bastón.

—¿Ves este sitio?

Karim asintió.

—Aquí había una parra.

Se secó hace muchos años y nunca planté otra.

Permanecieron un instante mirando el terreno.

Después Lalla Amina añadió:

—Creo que ya es hora de darle otro uso.

Karim entró en la casa y volvió con una azada al hombro. Era pequeña, con el mango gastado por el uso.

Lalla Amina la tomó entre las manos, pero enseguida se la devolvió.

—Empieza tú.

El muchacho miró el rincón del huerto.

—¿Dónde?

La anciana señaló un lugar junto al viejo muro de piedra, donde el sol daba desde media mañana hasta bien entrada la tarde.

—Ahí.

Karim hundió la azada en la tierra.

El terreno estaba blando por las últimas lluvias. En pocas pasadas abrió un hoyo de algo más de un palmo de profundidad.

Lalla Amina observó el agujero.

—Basta.

Regresó despacio al interior de la casa.

Karim esperó en el patio. La oyó abrir el estante donde descansaba la caja. Después el leve chirrido de las bisagras.

No tardó en volver. Traía el pequeño envoltorio de lino entre las manos. Se agachó con más dificultad que otras veces. Desató la cinta azul. La dejó cuidadosamente doblada sobre la piedra del brocal. Sacó la bellota y la sostuvo un instante.

Karim creyó que iba a colocarla en el hoyo.

Pero volvió a cerrar la mano.

—No.

El muchacho la miró sin comprender.

Amina sonrió.

—Ésta ha hecho ya su trabajo.

Metió otra vez la bellota en el paño. Volvió a atar la cinta y la guardó dentro de la caja. Después abrió un bolsillo de la alforja de cuero que habían llevado al monte. Rebuscó unos momentos y sacó tres bellotas más. Eran parecidas a la primera, aunque un poco más claras. Las dejó sobre la palma de la mano.

—Las recogiste tú.

Karim tardó unos segundos en recordarlo. Las había tomado del suelo bajo la encina y las había guardado casi sin pensar, mientras Lalla Amina hablaba con el pastor. Al llegar al pueblo las había olvidado dentro de la alforja.

La anciana las fue colocando una junto a otra.

—Éstas todavía pueden convertirse en árbol.

Eligió una. Las otras dos volvieron al bolsillo. Lalla Amina dejó caer la bellota en el hoyo. Él cubrió la tierra con la azada. Después la apretó ligeramente con la planta del pie.

La anciana cogió un cubo pequeño y entre los dos lo llenaron en la tinaja. Vertieron el agua despacio. La tierra la fue absorbiendo sin dejar charcos hasta quedar un círculo de barro oscuro en medio del huerto.

Lalla Amina recogió la azada y la limpió golpeándola suavemente contra una piedra. Luego la devolvió a su sitio.

Durante los días siguientes Karim miró aquella parte del huerto cada vez que llegaba.

Al principio, no se veía ninguna diferencia. Después aparecieron dos hojas diminutas, tan pequeñas que habría sido fácil no fijarse en ellas.

Lalla Amina no hizo ningún comentario al respecto. Se limitó a colocar alrededor cuatro piedras para que nadie pisara el brote por descuido.

Con la llegada de la primavera las visitas de Karim fueron menos frecuentes. Él se hacía más mayor y le correspondían más trabajos en el campo. Su padre necesitaba ayuda para preparar la siembra de verano.

Algunas tardes, cuando conseguía acercarse a la casa de la anciana, encontraba el pequeño brote un poco más alto que la semana anterior.

En una ocasión descubrió que unas cabras habían entrado en el huerto. El corazón le dio un vuelco. Corrió hasta el rincón del muro y vio que la planta seguía allí.

Lalla Amina había rodeado el brote con un pequeño cercado hecho de ramas de argán entrelazadas, así que las cabras solo habían mordisqueado las hojas de alrededor. No habían podido alcanzarlo.

—Sabía que acabarían viniendo —dijo mientras recompuso una de las ramas que se había soltado.

Karim ayudó a reforzar el cercado. Cuando terminaron, los dos contemplaron el pequeño árbol. Apenas levantaba un palmo del suelo. El viento lo doblaba con facilidad. Parecía imposible que algún día pudiera parecerse a la vieja encina del barranco.

Lalla Amina tomó la regadera y volvió a echarle un poco de agua. Luego dejó la regadera junto al muro.

Aquella tarde hablaron de otras cosas.: de la boda de una muchacha del pueblo, del trigo que estaba creciendo bien, de un zorro que llevaba varios días rondando los corrales…

El pequeño árbol permanecía detrás de ellos, moviéndose despacio cada vez que pasaba el viento.


Pasó el verano El calor secó los ribazos y el arroyo volvió a esconderse entre las piedras. Los días empezaban antes de que saliera el sol y terminaban cuando ya apenas quedaba luz para distinguir los senderos.

Karim siguió creciendo.

Ayudaba a su padre en el campo, llevaba el rebaño cuando hacía falta y, siempre que encontraba un rato, pasaba por casa de Lalla Amina.

El pequeño árbol resistía, aunque no creció mucho. Echó unas pocas hojas nuevas y endureció el tallo.

Cada dos o tres días la anciana llevaba un cubo de agua hasta el rincón del huerto. Si Karim estaba allí, lo hacía él. Si no, ella se arreglaba sola. Nunca hablaban del árbol. Como ocurría con la caja, bastaba con saber que estaba allí.

Cuando llegó el otoño, las primeras lluvias devolvieron el verde a las laderas.

Una mañana Karim encontró la puerta cerrada. Pensó que Lalla Amina habría ido a visitar a alguna vecina. Volvió por la tarde, pero la puerta seguía cerrada.

Llamó con los nudillos y nadie respondió.

Fue la mujer del herrero quien salió de la casa contigua.

—Está en casa de mi hermana —dijo—. Anoche se encontró mal y preferimos que no durmiera sola.

Karim fue hasta allí.

Encontró a la anciana acostada junto a una ventana.

Al verlo entrar, sonrió.

—Has venido.

—La estaba esperando para regar el árbol.

—Hoy tendrá que esperar él.

Durante unos días no volvió a su casa. Las mujeres del pueblo se turnaban para acompañarla. Unas llevaban comida. Otras limpiaban la casa o encendían el brasero al caer la tarde.

Karim iba siempre que terminaba sus obligaciones. A veces hablaban. Otras veces permanecían en silencio.

Antes de marcharse pasaba por el huerto y regaba el árbol. Comprobaba que el cercado siguiera firme y quitaba alguna hierba que hubiera crecido demasiado cerca del tronco.


El invierno volvió.

Una mañana Lalla Amina quiso regresar a su casa.

Caminó despacio. Necesitó descansar dos veces antes de llegar. Cuando entró en el patio miró primero la higuera. Después buscó con los ojos el rincón del muro. El arbolillo seguía allí. Aún tenía pocas hojas, pero estaba vivo.

Aquella misma tarde abrió la caja. Sacó el envoltorio de lino y lo sostuvo un momento entre las manos.

Después llamó a Karim. El muchacho se sentó frente a ella.

Lalla Amina dejó el pequeño paquete sobre la mesa.

—Ya sabes lo que hay dentro.

Karim asintió.

—Quédatelo.

Él no alargó la mano.

—Es suyo.

La anciana negó despacio.

—Ha sido mío muchos años. Ahora será tuyo.

Karim permaneció inmóvil. No sabía qué decir.

Al cabo de un rato tomó el envoltorio. Era muy ligero. Lo sostuvo con el mismo cuidado con que ella lo había sostenido tantas veces.

La caja quedó sobre la mesa, vacía. Lalla Amina la cerró.

Durante el resto de aquel invierno Karim siguió pasando por la casa.

Algunas tardes llevaban leña al cobertizo; otras, preparaban el huerto para la primavera.

La caja continuó en el mismo estante. Ya no se abría cada mañana. No hacía falta.

Llegó otra primavera. Después otro verano. Y otro otoño.

El árbol empezó a levantar un tronco del grosor de un dedo. Las ramas del cercado tuvieron que cambiarse varias veces, hasta que un día dejaron de hacer falta.

Muchos años después, cuando Karim ya peinaba canas y los niños del pueblo corrían por el mismo patio donde él había jugado de pequeño, la encina daba una sombra pequeña, pero suficiente para cubrir un banco de piedra.

Algunos se sentaban allí a tomar el té en las tardes de calor. Otros descansaban un momento antes de volver al trabajo.

Los niños recogían las bellotas que caían en otoño y las guardaban en los bolsillos sin saber muy bien por qué.

La caja seguía dentro de la casa. El grabad0 del árbol apenas se distinguía ya bajo el color oscuro que la madera había ido tomando con los años.

Quien llegaba por primera vez pensaba que era una caja vieja. Nada más.

Karim nunca explicaba su historia si nadie se la preguntaba.

Y, cuando algún muchacho curioso quería saber por qué conservaba una caja tan gastada, él la bajaba del estante, la colocaba sobre la mesa y esperaba un momento antes de empezar a hablar.

Siempre empezaba igual.

—Hace muchos años conocí a una mujer que se llamaba Lalla Amina.


La caja de madera de tuya


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