Kant

Vida personal

Pocas figuras han influido tanto en el pensamiento occidental como Immanuel Kant (1724-1804). Sin embargo, antes de convertirse en el gran arquitecto de la filosofía moderna, fue un hombre de costumbres extraordinariamente sencillas. Nació en Königsberg, una ciudad prusiana que hoy corresponde a Kaliningrado (Rusia), y apenas se alejó de ella durante toda su vida. Hijo de un humilde talabartero y de una madre profundamente religiosa, creció en un ambiente de disciplina, austeridad y amor por el estudio.

Kant nunca se casó ni tuvo hijos. Dedicó prácticamente toda su existencia a la enseñanza, la lectura y la escritura. Su vida estaba regida por una rutina tan estricta que los vecinos aseguraban poder ajustar sus relojes cuando lo veían salir a pasear cada tarde a la misma hora. Aquel paseo diario, por la avenida de los tilos de Königsberg, solo se interrumpió en contadas ocasiones, una de ellas cuando la lectura del Emilio de Rousseau lo absorbió por completo.

Lejos de la imagen del sabio aislado y huraño, Kant disfrutaba de las reuniones sociales. Era un conversador brillante, amante de las buenas comidas y de las tertulias con amigos, científicos, comerciantes y militares.

Aunque su aspecto físico era frágil y de baja estatura, poseía una inteligencia vivaz y un refinado sentido del humor que sorprendía a quienes solo conocían la severidad de sus libros.

Su existencia fue, en apariencia, tranquila y sin grandes aventuras. No participó en guerras ni ocupó cargos políticos importantes. Sin embargo, en la intimidad de su despacho emprendió uno de los viajes intelectuales más audaces de la historia: preguntarse qué puede conocer el ser humano, cómo debe actuar y qué le es lícito esperar. De esas preguntas surgiría una filosofía destinada a transformar para siempre la ciencia, la ética, la política y la manera de comprender la libertad humana.

De esas preguntas surgiría una filosofía destinada a transformar para siempre la ciencia, la ética, la política y la manera de comprender la libertad humana.


La revolución del pensamiento kantiano

Cuando Immanuel Kant comenzó a escribir sus grandes obras, la filosofía europea parecía atrapada entre dos posiciones irreconciliables. Por un lado estaban los racionalistas, convencidos de que la razón era capaz de descubrir por sí sola las verdades fundamentales del universo. Por otro, los empiristas sostenían que todo conocimiento procede exclusivamente de la experiencia y de los sentidos.

Kant consideró que ambos tenían parte de razón y parte de error. Su propuesta fue tan novedosa que él mismo la comparó con la revolución iniciada por Nicolás Copérnico en astronomía. Así como Copérnico había demostrado que no era el Sol el que giraba alrededor de la Tierra, sino al contrario, Kant sostuvo que no es el conocimiento el que debe adaptarse pasivamente a los objetos, sino que son los objetos, tal como los conocemos, los que aparecen organizados por las estructuras de nuestra propia mente.

Esta idea, conocida como el «giro copernicano» de la filosofía, constituye el núcleo de toda su doctrina.


¿Cómo conocemos el mundo?

Según Kant, el ser humano nunca accede a la realidad tal como es en sí misma. Todo cuanto percibimos pasa antes por una serie de «filtros» que pertenecen a nuestra propia mente.

Esos filtros comienzan con dos formas puras de la sensibilidad:

  • El espacio
  • El tiempo

No aprendemos el espacio ni el tiempo mediante la experiencia. Al contrario, toda experiencia resulta posible porque nuestra mente ya organiza automáticamente cuanto percibe dentro de esas dos coordenadas.

Después interviene el entendimiento, que clasifica esa información mediante conceptos fundamentales llamados categorías: causalidad, unidad, pluralidad, necesidad, sustancia y otras.

Cuando observamos una manzana caer de un árbol, por ejemplo, no solo vemos un objeto descendiendo. Nuestra inteligencia interpreta inmediatamente que existe una causa para esa caída. Esa relación causal no procede exclusivamente de la experiencia; también nace de la estructura misma del entendimiento humano.

En consecuencia, conocer no consiste en copiar la realidad, sino en construir una representación inteligible de ella.


Fenómeno y noúmeno

Esta distinción es quizá la más famosa de Kant.

El fenómeno es la realidad tal como aparece ante nosotros después de haber sido organizada por nuestras formas de conocer.

El noúmeno, en cambio, es la cosa en sí misma, la realidad independiente de nuestra percepción.

Kant sostiene que jamás podremos conocer el noúmeno de manera directa.

No significa que no exista. Significa que nuestra inteligencia posee límites naturales.

Podemos estudiar el universo entero, analizar la materia más diminuta o explorar galaxias lejanas, pero siempre estaremos observando fenómenos, nunca la realidad absoluta desprovista de la estructura que nuestra mente le impone.

Esta afirmación fue revolucionaria porque establecía, por primera vez, los límites del conocimiento humano. La razón no es omnipotente. Tiene un inmenso poder, pero también fronteras que no puede atravesar.

Esta afirmación fue revolucionaria porque establecía, por primera vez, los límites del conocimiento humano. La razón no es omnipotente. Tiene un inmenso poder, pero también fronteras que no puede atravesar.


La Crítica de la razón pura

En 1781 apareció la obra que cambiaría definitivamente la historia de la filosofía.

La Crítica de la razón pura no pretende responder todas las preguntas posibles. ntes de responderlas, Kant quiere saber si nuestra razón está realmente capacitada para hacerlo.

La pregunta fundamental es sencilla:¿Qué puedo conocer?

Durante cientos de páginas analiza cómo funcionan la percepción, el entendimiento y la razón.

El resultado es doble: por una parte, demuestra que las matemáticas y la física poseen fundamentos sólidos porque trabajan dentro del ámbito de la experiencia posible; por otra, afirma que cuando la razón intenta demostrar científicamente la existencia de Dios, la inmortalidad del alma o el origen absoluto del universo, entra en un terreno donde ya no puede alcanzar certezas.

No niega esas realidades. Simplemente afirma que la razón teórica no puede probarlas.

Con ello puso fin a siglos de discusiones metafísicas que pretendían resolver racionalmente cuestiones que, según él, exceden nuestras capacidades cognitivas.

La filosofía dejaba así de preguntarse únicamente qué es la realidad para comenzar a preguntarse cómo conocemos esa realidad.

Y esa transformación marcaría el inicio de la filosofía contemporánea.


Kant


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