Los señores del viento

Capítulo I

La boda

En la Prusia de 1878, cuando los inviernos parecían durar más que las promesas y los apellidos tenían todavía más peso que las fortunas, nadie en el condado de Ostpreussen hablaba de amor cuando hablaba de matrimonio. Se hablaba de tierras, de alianzas, de herencias y, sobre todo, de aquello que una familia estaba dispuesta a sacrificar para no perder su lugar.

Los von Rabenau llevaban dos siglos sentados sobre las mismas tierras, pero los von Tannenberg aseguraban que les pertenecían.

Y entre ambas familias existía un odio tan antiguo que ya nadie recordaba cuál había sido el motivo. Sin embargo, y seguro que por ello, ambas constituían parte de los conocidos Señores del viento. En sus lindes, todo dependía del viento del Báltico.

—No pienso casarme con él.

La condesa Luisa von Rabenau dejó la taza sobre el platillo con una serenidad que contrastaba con la furia de su hija.

—Sí, lo harás.

—No.

—Amalia.

—He dicho que no.

La condesa levantó los ojos.

—Y yo te estoy diciendo que dentro de tres semanas serás la esposa de Friedrich von Tannenberg.

La joven se puso en pie.

—Antes me encerraría en un convento.

—No seas ridícula.

—¿Ridícula? ¿Pretendes que me case con el hijo del hombre que lleva veinte años intentando arruinarnos?

—Precisamente por eso.

Amalia soltó una risa amarga.

—Entonces ya entiendo. Quieres entregarme al enemigo para que deje de dispararnos.

—Quiero que esta familia sobreviva.

Aquella respuesta apagó por un instante la cólera de la muchacha.

Su madre se levantó y caminó hasta la ventana. Desde allí podía verse la extensión de los campos, blancos por la escarcha, los establos y, más allá, el bosque que separaba las tierras de los Rabenau de las propiedades de los Tannenberg.

—Tu padre ha perdido tres cosechas —dijo la condesa—. Tenemos deudas con Königsberg y el banco ya no espera. Si vendemos una parte de las tierras, perderemos el derecho sobre las otras. Si no pagamos, perderemos todo.

—Entonces vende las joyas.

—Ya están vendidas.

Amalia palideció.

—¿Todas?

—Todas.

—¿Y las tierras del sur?

—Hipotecadas.

La joven se volvió hacia ella.

—¿Cuándo pensabas decírmelo?

—Cuando fuera necesario.

—¡Soy tu hija!

—Precisamente por eso.

La puerta se abrió antes de que pudiera continuar.

El conde Wilhelm von Rabenau entró apoyándose ligeramente en su bastón. Había envejecido diez años durante los últimos dos inviernos y, sin embargo, conservaba aquella expresión severa que había hecho temblar a jornaleros, administradores e, incluso, a sus clientes.

—¿Todavía discutiendo?

—Tu hija no quiere casarse con Friedrich —respondió Amalia.

El conde miró a la muchacha.

—No te he preguntado qué quieres.

Amalia sintió que la sangre le subía al rostro.

—Claro que no.

—Ese matrimonio salvará la propiedad.

—Salvará vuestra propiedad.

—Nuestra propiedad.

—No. La vuestra. Porque yo seré quien tenga que acostarse con un hombre al que detesto y ya no viviré aquí.

El silencio cayó sobre la habitación.

La condesa cerró los ojos. El conde, en cambio, no se movió.

—Ten cuidado, Amalia.

—¿Con qué?

—Con confundir orgullo con valor.

La joven le sostuvo la mirada.

—Y vosotros tened cuidado de no confundir sacrificio con cobardía.

Salió de la habitación antes de que su padre pudiera responderle.

En el corredor encontró a su hermano Konrad apoyado contra una columna. Había escuchado toda la conversación.

—Te vas a arrepentir —dijo él.

—¿De qué?

—De haber hablado así con padre.

—Ya me arrepentiré después.

Konrad sonrió.

—Vas a casarte, Amalia, mal que me pese.

—¿Tú también?

—Yo conozco a Friedrich.

—Yo también.

—No lo conoces como hombre.

Amalia lo miró fijamente.

—¿Qué significa eso?

Konrad se apartó de la columna.

—Que hay cosas que no sabes.

—Pues cuéntamelas.

—No puedo.

—Entonces no me vengas con misterios.

Konrad bajó la voz.

—Friedrich no quiere casarse contigo.

Aquello la sorprendió.

—¿No?

—No.

—Entonces quizá tengamos algo en común.

—No exactamente.

—¿Qué quieres decir?

Konrad se inclinó hacia ella.

—Él no quiere casarse con nuestra familia.


En el castillo de los Tannenberg, a menos de veinte kilómetros de allí, Friedrich recibía la misma noticia con el mismo entusiasmo.

—No pienso casarme con una Rabenau.

Su madre ni siquiera levantó la vista del bordado.

—Lo harás.

—Madre.

—No me obligues a repetirme.

Friedrich caminó hasta la chimenea.

—¿Qué ha sido de vuestro odio hacia ellos?

—Sigue intacto, en cierta manera.

—Entonces no entiendo.

La baronesa Elisabeth von Tannenberg dejó la labor sobre la mesa.

Era una mujer de cincuenta años, hermosa todavía, de espalda recta y ojos grises. Su marido había muerto diez años atrás y desde entonces gobernaba la casa con una autoridad que ninguno de sus hijos se atrevía a cuestionar.

—No necesitas entenderlo.

—Quiero saber por qué debo casarme con una mujer a la que no amo.

—Porque el amor no ha servido jamás para conservar una propiedad.

—Eso es algo que puede decir el padre de Amalia, pero yo aún puedo luchar por lo que es nuestro.

Elisabeth sonrió.

—Por eso me gusta ese hombre. Aún tiene cabeza. Y ella. Ella también me gusta.

Friedrich frunció el ceño.

—¿Quién?

—La muchacha.

—No la conoces.

—La vi una vez.

—¿Cuándo?

—Hace seis años.

—¡Pero si era una niña!

—Ya no lo es. Nooo… ya no lo es. La conozco más de lo que crees.

Friedrich se volvió hacia ella.

—¿Qué estás ocultando?

La baronesa sostuvo su mirada.

—Muchas cosas.

Antes de que pudiera continuar, entró su hermana Augusta.

—Madre, ha llegado el capitán von Bülow.

Friedrich giró la cabeza.

—¿Qué quiere?

Augusta sonrió.

—Hablar contigo.

—No tengo nada que hablar con él.

—Él sí. Ha insistido.

La puerta volvió a abrirse.

El capitán Ernst von Bülow entró sin esperar permiso.

Era un hombre de treinta y cinco años, elegante, de mirada oscura y sonrisa fácil. Había servido en el ejército y conservaba aquella seguridad de quien estaba acostumbrado a ser respetado.

—Friedrich.

—Ernst.

Se estrecharon la mano mientras se hacían una escueta reverencia mutua.

—He oído que vas a casarte.

Friedrich lo miró con frialdad.

—Las noticias vuelan.

—En Prusia, las malas vuelan más deprisa.

Augusta soltó una carcajada.

El capitán la miró.

—Siempre tan encantadora.

—Y tú siempre tan indiscreto.

—Eso depende de la compañía.

La baronesa observó el intercambio en silencio.

—¿Vienes por la boda? —preguntó Friedrich.

Ernst tomó una copa.

—No.

—Entonces, ¿por qué?

El capitán dejó de sonreír.

—Porque alguien está comprando tierras en secreto.

Friedrich se tensó.

—¿Qué tierras?

—Las de los Rabenau.

La baronesa levantó lentamente la cabeza.

—¿Quién?

Ernst miró a los tres.

—Un hombre que no quiere que nadie sepa que está detrás de la operación.

—¿Y tú cómo lo sabes? —preguntó Friedrich.

El capitán sonrió de nuevo.

—Porque ayer vino a verme.

—¿Quién era?

Ernst bebió un sorbo.

—El banquero judío Samuel Hirsch.

El silencio que siguió fue incómodo.

Friedrich se acercó.

—¿Qué quiere?

—Toda la propiedad Rabenau.

—Eso es imposible.

—No. Es cuestión de precio.

—La familia nunca vendería.

Ernst miró hacia la ventana.

—No tendrá elección.

La baronesa se puso en pie.

—¿Cuánto tiempo?

—Dos meses.

Friedrich comprendió entonces por qué su madre había aceptado aquel matrimonio.

No se trataba solamente de salvar a los Rabenau. se trataba de impedir que alguien comprara sus tierras.

—¿Quién más sabe esto? —preguntó.

Ernst dejó la copa.

—Ahora, vosotros.

Y sonrió.

—Pero mañana lo sabrá todo Ostpreussen.


Aquella misma noche, Amalia salió a caballo.

Necesitaba aire. Necesitaba distancia. Necesitaba escapar de una boda que todavía no había comenzado y que ya parecía una condena.

Cabalgó hasta el bosque. No esperaba encontrar a nadie. Por eso, cuando vio al hombre junto al viejo puente de piedra, tiró de las riendas.

Friedrich von Tannenberg levantó la cabeza.

Durante unos segundos ninguno habló.

Ella fue la primera.

—¿Me estás siguiendo?

—No.

—Entonces apártate.

—El camino es público.

—Yo no quiero compartirlo contigo.

Friedrich sonrió.

—Eso ya lo sé. Tampoco yo contigo.

Amalia lo observó. Había imaginado muchas veces cómo sería el hombre con el que iba a casarse. Lo vio una vez de niña y lo reconoció fácilmente, a pesar de la tenue luz.

Nunca había imaginado que sería tan atractivo. Aquello la enfureció todavía más.

—¿Sabes que nuestras familias han decidido casarnos?

—Sí.

—¿Y estás de acuerdo?

—Por supuesto que no.

Ella soltó el aire lentamente.

—Por fin tenemos algo en común.

Friedrich se acercó al caballo.

—No te cases conmigo.

Amalia lo miró sorprendida.

—¿Qué?

—Si quieres evitarlo, no te cases conmigo.

—¿Y qué propones?

Él levantó los ojos hacia ella.

—Que descubramos quién está intentando quedarse con las tierras de nuestras familias.

—¿Por qué iba a confiar en ti? No sé de qué me estás hablando…

—La verdad es que no deberías, pero mañana se hará pública una información que nos han revelado hoy y, entonces, me creerás. Te avanzo que tenemos un enemigo en común.

Estar cerca de él, a pesar de la rabia que le provocaba, hizo que sintiera que quizá el matrimonio no fuera lo más peligroso que le esperaba. Quizá lo verdaderamente peligroso fuera la posibilidad de desear al hombre que seguía odiando.


Capítulo II

El acuerdo

Amalia regresó al castillo cuando empezaba a oscurecer. Había pasado el camino de vuelta intentando convencerse de que la conversación con Friedrich se basaba en mentiras y presiones, pero por mucho que procuraba pensar solo en sus palabras, más volvía a su memoria la expresión de sus ojos.

«No te cases conmigo».

Cuando entró en el vestíbulo encontró a su hermano Konrad hablando con un hombre al que no conocía. Era mayor, quizá cincuenta años, de barba gris cuidadosamente recortada y abrigo oscuro. Al verla, interrumpió la conversación.

—Ahí está.

Konrad se volvió.

—Amalia, este es el señor Hirsch.

El nombre le produjo una inquietud inmediata.

—Samuel Hirsch.

El banquero inclinó ligeramente la cabeza.

—A su servicio.

Amalia miró a su hermano.

—Buenas noches.

—Ha venido a hablar con padre.

—Si se me permite saber el porqué…

Hirsch respondió antes que Konrad.

—Sobre las deudas de su familia.

Amalia sintió que el orgullo le impedía mostrar la impresión que le habían causado aquellas palabras.

Ahora intuía quién era el enemigo común.

—Entonces no hay nada que yo pueda hacer.

—Quizá sí.

—¿Qué quiere decir?

El hombre sonrió con cortesía.

—Quiero comprar una parte de las tierras.

Konrad dio un paso adelante.

—Ya le hemos dicho que no.

—No he hablado con el conde todavía.

—Y seguirá recibiendo la misma respuesta.

Hirsch observó a Amalia.

—Eso dependerá de cuánto tiempo pueda resistir su padre.

La joven se acercó.

—¿Es una amenaza?

—No.

—Ha sonado como tal.

—Es una realidad.

Hirsch tomó el sombrero.

—Buenas noches, señorita von Rabenau. Estaremos en contacto.

Cuando se marchó, Amalia se volvió hacia su hermano.

—¿Cuánto debemos?

Konrad no respondió.

—Konrad.

—Demasiado.

—Quiero saber cuánto.

—Cincuenta mil marcos.

Amalia se quedó inmóvil.

—Dios mío.

—Ahora entiendes la necesidad de tu matrimonio. Te aseguro que no deseo que te cases…

—Ahora entiendo por qué todos estáis tan desesperados.

Konrad se acercó.

—Hay algo más.

—¿Qué?

—El contrato matrimonial no es como te han dicho.

Amalia lo miró fijamente.

—Explícate.

—La propiedad quedará vinculada a las dos familias.

—¿Y?

—Si tú y Friedrich tenéis un hijo, ese hijo heredará las tierras de ambos.

Amalia tardó unos segundos en comprenderlo.

—Entonces no quieren solo unir nuestras familias.

—Quieren impedir que las tierras se separen.

—Y si no tenemos hijos…

Konrad bajó la voz.

—Los Tannenberg tendrán ventaja.

Amalia sintió un vacío en el estómago.

—Mi padre nunca aceptaría eso.

—Ya lo ha aceptado.

—¿Sin decírmelo?

—Padre cree que una mujer no necesita conocer las condiciones de aquello que debe obedecer.

Amalia se volvió hacia la escalera.

—Voy a hablar con él.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no está solo.

Amalia se detuvo.

—¿Quién está con él?

Konrad no contestó.

Entonces se oyó una voz masculina desde el despacho.

—Tu hermano tiene razón.

Amalia reconoció la voz. Hacía nada que la había escuchado.

Friedrich.

Entró en el vestíbulo acompañado de su madre.

La baronesa Elisabeth llevaba un vestido negro de cuello alto y una expresión serena que resultaba casi ofensiva.

Amalia miró a Friedrich.

—¿Qué haces aquí?

—Lo mismo que tú. Intentar descubrir qué han decidido nuestros padres.

La condesa Amalia apareció detrás de ellos.

—Ya que estáis todos aquí, será mejor que terminemos con esto.


La cena se celebró en silencio.

Los seis ocuparon sus lugares alrededor de la larga mesa familiar. Los criados sirvieron la sopa y después el vino. Nadie parecía tener hambre.

Finalmente, el conde Wilhelm dejó el tenedor.

—El matrimonio se celebrará el quince de febrero.

Amalia apretó los labios.

—¿Y si me niego?

—Perderemos las tierras.

—No he preguntado eso.

Su padre la miró.

—No puedes negarte.

—Puedo.

—No lo harás.

Friedrich intervino.

—Conde, quizá deberíamos escucharla.

Wilhelm lo miró con dureza.

—¿Desde cuándo un Tannenberg defiende a una Rabenau?

—Desde que esa Rabenau va a ser mi esposa.

La respuesta provocó un silencio incómodo.

Amalia lo miró y él no apartó los ojos.

La condesa Elisabeth bebió un sorbo de vino.

—Hay otro asunto.

Todos la miraron.

—He recibido una carta de Berlín.

—¿De quién? —preguntó Friedrich.

—Del Ministerio.

—¿Qué quieren?

—Hombres.

Konrad dejó la copa.

—¿Para qué?

—Para el ejército.

El conde Wilhelm se inclinó hacia delante.

—¿Cuántos?

—Cien.

—Eso es una locura.

—Es el precio de la nueva Prusia.

Friedrich guardó silencio.

Amalia lo observó.

—¿Te irás?

Él la miró.

—Probablemente.

Ella sintió una extraña decepción que no supo explicar.

—Entonces quizá tengas suerte.

—¿Por qué?

—Porque no tendrás que soportarme mucho tiempo.

Friedrich sonrió picaronamente en un gesto de cierta complicidad.


Más tarde, Amalia salió a la terraza.

La noche era fría.

Había empezado a nevar.

Oyó pasos detrás de ella. No necesitó volverse.

—¿Qué quieres?

—Hablar contigo.

—Ya hemos hablado bastante.

Friedrich se colocó a su lado.

—No.

—¿No?

—No hemos hablado de nosotros.

Amalia soltó una risa breve.

—No existe un nosotros.

—Existirá dentro de tres semanas, nos hemos de hacer a la idea cuanto antes.

—Un matrimonio no crea un nosotros.

—Puede hacerlo.

Ella se volvió.

—¿Y tú quieres?

Friedrich tardó en responder.

—No lo sé. Ya no lo sé.

—Qué respuesta tan tranquilizadora.

—¿Y tú?

Amalia lo miró.

La nieve empezaba a acumularse sobre los jardines.

—Yo sé perfectamente lo que quiero.

—¿Qué?

—Que dejes de mirarme así.

Él sonrió.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras intentando hacerme entrar en razón.

—Quizá lo estoy haciendo.

—Pues deja de hacerlo.

Friedrich dio un paso hacia ella.

—¿Y si no quiero?

Amalia sintió que el corazón comenzaba a latirle demasiado deprisa.

—Entonces tendré que recordarte que me odias.

—No te odio. Y desde que he comprendido que debemos casarnos por el bien de ambas familias, entiendo que tú tampoco deberías de odiarme a mí.

Aquella respuesta la dejó sin palabras.

—Deberías odiarme. ¿No ves que no me quiero casar?

—Lo he intentado.

—¿Y?

Friedrich la miró durante unos segundos.

—Ya no funciona.

Amalia dio un paso atrás.

—No vuelvas a decirme eso.

—¿Por qué?

—Porque nos casaremos por obligación.

—Lo sé.

—Porque nuestras familias se odian.

—Lo sé.

—Porque no confío en ti.

Friedrich se acercó un poco más.

—Eso también lo sé.

—Entonces mantente lejos de mí.

Él inclinó ligeramente la cabeza.

—Lo intentaré.

Amalia dio un giro brusco y salió de allí corriendo.

No llegó a ver cómo Friedrich permanecía solo bajo la nieve, ni cómo, desde una ventana del piso superior, la baronesa Elisabeth los observaba a ambos.

Tampoco vio a Augusta. Su futura cuñada había permanecido detrás de las cortinas durante toda la conversación. Y Augusta sabía algo que nadie más sabía. Friedrich no era el único hombre que, sin querer, se había enamorado de Amalia. Desde hacía cierto tiempo, desde que llegaron a su juventud, se había enamorado de ella su propio hermano, Konrad.

Y llevaba dos años esperando el momento de impedir aquella boda.


Capítulo III

Konrad

Konrad von Rabenau llevaba dos años queriendo a Amalia de un modo impropio y había conseguido convertir aquel amor en una costumbre silenciosa. Durante mucho tiempo se había convencido de que bastaba con callar, con permanecer cerca de ella, con ser el hermano que siempre aparecía cuando necesitaba algo y desaparecer cuando empezaba a resultar demasiado evidente que su preocupación era algo más que fraternal.

Pero ahora Friedrich von Tannenberg iba a casarse con ella. Y eso cambiaba las cosas.

Konrad permaneció frente a la ventana de su habitación hasta que vio apagarse la luz del dormitorio de Amalia. Solo entonces se apartó del cristal.

Había bebido demasiado. Aun así, no estaba borracho. Tomó la botella de coñac y llenó de nuevo la copa.

—No lo hagas.

Se volvió.

Augusta estaba sentada en un sillón, junto a la chimenea.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí?

—El suficiente.

Konrad dejó la botella.

—Deberías irte a dormir. ¿Aún están aquí los tuyos?

—Tú también deberías de irte a dormir.

—No tengo sueño.

Augusta lo observó con cierta pena.

—Estás enamorado de ella.

Konrad no respondió y expulsó abruptamente el sorbo que acababa de tomar.

—Siempre has sido un mal mentiroso —continuó Augusta—. Incluso cuando eras niño.

—No sabes de qué hablas.

—Sé perfectamente de qué hablo.

Konrad se acercó a la ventana.

—¡Es mi hermana!

—Eso no cambia lo que sientes.

—Lo cambia todo.

Augusta guardó silencio. Había algo cruel en aquella conversación. No porque juzgara una locura, sino porque ella conocía demasiado bien aquella clase de deseo. Había visto a su madre vivir durante años con un matrimonio sin amor. Había visto a su padre buscar consuelo fuera de casa y regresar después a la mesa familiar como si nada hubiera sucedido. Había aprendido que en las familias respetables los sentimientos resultan peligrosos, sabiendo todos que se debían a ciertas obligaciones.

—¿Vas a dejar que se case con Friedrich? —preguntó.

Konrad cerró los ojos.

—No lo sé.

—Entonces sí vas a hacer algo.

—¿Qué quieres que haga? ¿Secuestrarla?

—No.

—¿Matarlo?

Augusta no respondió.

Konrad la miró.

—Era una broma.

—No lo parecía.

—No voy a matar a Friedrich.

—Pero podrías arruinarlo. Arruinarlo todo.

Una sonrisa amarga apareció en el rostro de aquel hermano.

—Eso es precisamente lo que llevo años intentando no hacer.

—¿Por qué?

—Porque mi madre lleva mucho tiempo diciéndome, en secreto, que en el futuro se casaría con él. Y, además, Amalia lo quiere.

Augusta se quedó inmóvil.

—¿Lo quiere? ¿Cómo que lo quiere?

Konrad apuró la copa.

—Aunque todavía no lo sabe. Pero, esta noche, a mí me ha quedado muy claro.


A la mañana siguiente llegó a la finca una carta procedente de Königsberg.

El conde Wilhelm la leyó dos veces antes de entregársela a su esposa.

—Nos conceden treinta días.

—¿Para qué? —preguntó Amalia.

Su padre levantó la mirada.

—Para pagar.

—¿Treinta días?

—Después de eso nos arrebatarán todo.

Amalia sintió que el desayuno se convertía de repente en una ceremonia absurda. Allí estaban su madre, su padre, Konrad y ella, todos alrededor de una mesa cubierta con porcelana inglesa mientras el futuro de la familia podía desaparecer en cuestión de semanas.

—¿Y el matrimonio? —preguntó.

—Sigue adelante.

—Entonces no tenéis treinta días.

El conde frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Si la boda es dentro de tres semanas, la familia Tannenberg asumirá nuestras deudas.

—No exactamente.

—¿Qué significa eso?

El conde guardó silencio.

Konrad intervino.

—El matrimonio no liquida las deudas.

Amalia lo miró.

—¿Qué?

—Las garantiza.

—¿Con qué?

Konrad sostuvo su mirada.

—Con las tierras.

Amalia se levantó.

—Entonces, si algo sale mal…

—Perderemos todo.

La joven miró a sus padres.

—Me estáis vendiendo.

Nadie respondió.

—No como esposa —continuó ella—. Como garantía.

—Amalia —dijo su madre.

—No.

Cogió la servilleta y la dejó sobre la mesa.

—No vuelvas a llamarme hija cuando lo que necesitas de mí es una firma.

Salió del salón casi sollozando.


Friedrich estaba en los establos cuando llegó su madre.

—Tenemos problemas.

Él acarició el cuello de uno de los caballos.

—Eso no es ninguna novedad.

—Tu padre dejó una deuda.

Friedrich se volvió.

—¿Qué deuda?

Elisabeth le entregó un documento y él lo leyó detenidamente.

Su rostro cambió y se tornó sombrío.

—Esto no puede ser.

—Pero así es.

—¿Cuánto?

—Sesenta mil marcos.

Friedrich levantó los ojos.

—¿Cómo demonios consiguió endeudarse tanto?

—Jugando.

El joven apretó el documento entre los dedos.

—¿Y nadie me lo dijo?

—Tu padre estaba vivo cuando contrajo la deuda.

—Pero está muerto. ¿Acaso no salió antes?

—No, hasta esta mañana no he recibido este comunicado. Hirsch lo ha traído.

Friedrich caminó hasta la puerta del establo.

—Entonces estamos igual que los Rabenau.

—No.

—¿No?

—Estamos peor.

Elisabeth sacó otro documento.

—Porque el acreedor quiere cobrar en seis semanas.

Friedrich la miró.

—¿Quién?

Su madre no contestó.

—Madre.

—Samuel Hirsch.

Friedrich soltó una maldición.

—¿También él?

—Sí.

—Entonces el matrimonio…

—Es nuestra única salida. Si contamos con las tierras ambas familias podremos saldar las deudas solicitando un cierto plazo. Su cultivo es muy abundante y no tardaríamos en pagarlas.

Friedrich permaneció callado.

De pronto comprendió algo que le desagradó profundamente: Amalia no era la única prisionera de su destino, también lo era él. Y, si bien a él no le desagradaba ya tanto la idea, pensaba que le otorgaba cierto poder sobre todas las tierras y, por tanto, sobre ambas familias.


Aquella tarde, el capitán von Bülow apareció en casa de los Rabenau.

No había sido invitado.

Eso nunca había sido un problema para él.

La condesa Luisa lo recibió en el salón.

—Capitán.

Ernst besó su mano.

—Condesa.

—¿Qué desea?

—Ver a su hija.

—No está disponible.

—Entonces esperaré.

La condesa lo observó.

—No debería.

—¿Por qué?

—Porque mi hija va a casarse.

Ernst sonrió.

—Precisamente por eso.

La puerta se abrió.

Amalia entró.

Al verlo, se detuvo.

—Ernst.

—Amalia.

La condesa comprendió inmediatamente que aquella conversación no le correspondía.

—Os dejaré solos.

Cuando se marchó, Amalia permaneció de pie.

—¿Qué haces aquí?

—He venido a despedirme.

—¿Te marchas?

—A Berlín.

—¿Por cuánto tiempo?

—No lo sé.

Amalia lo observó.

Había conocido a Ernst desde niña. Él había sido amigo de su hermano, visitante habitual de la casa y, durante un tiempo, la única persona que conseguía hacerla reír cuando su padre estaba de mal humor.

—¿Te alegras por mi boda?

Ernst soltó una risa.

—No.

—¿Por qué?

—Porque Friedrich no te merece.

Amalia bajó la mirada.

—No lo conoces.

—Lo conozco mejor de lo que crees.

—¿Qué sabes de él?

Ernst se acercó.

—Que ha tenido amantes en Königsberg.

Amalia sintió una punzada inesperada.

—Eso no me importa.

—Debería.

—No estamos hablando de amor.

—¿Y de qué estás hablando tú?

Ella levantó los ojos.

—De una obligación.

Ernst la miró durante unos segundos.

—Entonces no tienes nada que perder.

—¿Qué quieres decir?

Él se acercó aún más.

—Que una mujer obligada a casarse puede buscar consuelo donde quiera.

Amalia se quedó inmóvil.

—No vuelvas a hablarme así.

—¿Por qué?

—Porque eres amigo de mi hermano.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que vas a recibir.

Ernst sonrió.

—No te creo.

Y antes de marcharse añadió:

—Si alguna vez cambias de opinión, sabes dónde encontrarme.

Amalia permaneció sola en el salón.

No supo si lo que sentía era indignación o curiosidad.

Quizá ambas cosas.


La boda se acercaba.

En los dos castillos se preparaban vestidos, carruajes, invitados y contratos. Pero mientras las familias organizaban una celebración que debía poner fin a décadas de enemistad, otras personas se ocupaban de asuntos menos respetables.

En una pequeña casa de Königsberg, Samuel Hirsch recibió a un hombre vestido con uniforme militar.

—¿Está todo preparado?

—Sí.

—¿Y las firmas?

—Llegarán después de la boda.

Hirsch sonrió.

—No habrá boda.

El militar levantó la cabeza.

—¿Está seguro?

—Completamente.

—¿Y qué ocurrirá con las tierras?

Hirsch caminó hasta la ventana.

—Cuando los Rabenau y los Tannenberg descubran quién ha estado jugando con ellos, ya será demasiado tarde.

El hombre dudó.

—¿Y la muchacha?

Hirsch se volvió.

—¿Qué muchacha?

—Amalia.

El banquero permaneció unos segundos en silencio.

Después sonrió.

—Ella es uno de mis objetivos. No solo deseo las tierras

—Entonces quizá valga la pena conseguir que no se casen.

—No lo dudes…


Tres días después, Amalia recibió una carta.

No llevaba firma.

Solo contenía una frase: pregúntale a tu padre qué ocurrió la noche en que murió Friedrich von Tannenberg.

Amalia leyó el mensaje dos veces. Después levantó la cabeza y se dispuso a preguntarle a su padre lo que, ahora, la aterraba.


Capítulo IV

El secreto

Amalia permaneció de pie junto a la ventana mucho después de que la criada hubiera encendido las lámparas del salón. La carta seguía entre sus dedos, arrugada en las esquinas por la fuerza con que la había apretado.

No podía apartar los ojos de aquella última frase.

Pregúntale a tu padre qué ocurrió la noche en que murió Friedrich von Tannenberg.

Amalia dobló el papel y lo escondió en el bolsillo de su vestido. No pensaba preguntárselo a su padre. Todavía no. Primero necesitaba saber quién había enviado la carta.

—¿Qué escondes?

Amalia se volvió sobresaltada.

Konrad estaba en la puerta.

—Nada.

—Vamos, dímelo…

—No revases mi intimidad, Konrad. Bastante lo hacen ya nuestros padres.

Él sonrió ligeramente.

—La puerta estaba abierta.

—Entonces llama la próxima vez.

Konrad entró.

Había algo diferente en su rostro. Amalia lo notó enseguida.

—¿Qué ha ocurrido?

—Nada.

—No me mires así y me digas que no ha ocurrido nada.

Konrad se acercó a la chimenea.

—He estado en Königsberg.

—¿Por qué?

—Negocios.

—¿Qué negocios?

Él la miró.

—Los nuestros.

Amalia guardó silencio.

Konrad había heredado de su padre la capacidad de ocultar las cosas importantes detrás de respuestas perfectamente razonables.

—¿Has hablado con Samuel Hirsch?

—Sí.

—¿Qué quiere?

—Comprar las tierras.

—Eso ya lo sé.

Amalia frunció el ceño.

—Creo que solo quiere desestabilizarnos, ganar tiempo. Que no os caséis para obtenerlas directamente por cobrarse sus deudas.

Ella lo miró fijamente.

—No entiendo.

Konrad bajó la voz.

—Hay alguien detrás de él. Noté que miraba continuamente un biombo. Algo más esconde.

—¿Quién? ¿Qué?

—Todavía no lo sé.

Amalia pensó en la carta.

—¿Y si eso también está detrás del matrimonio?

Konrad se quedó inmóvil.

—¿Por qué lo dices?

—Porque he recibido una carta.

Ahora sí le entregó el papel.

Konrad lo leyó y su expresión cambió.

—¿Dónde la has encontrado?

—En mi habitación.

—¿Quién tiene acceso a ella?

—Los criados, mamá y tú.

Konrad levantó la mirada.

—Yo no la he escrito.

—No lo creo.

—¿Por qué?

—Porque si quisieras hacerme daño no necesitarías escribir una carta.

Él sonrió con tristeza.

—Yo nunca te haría daño.

Amalia recuperó el papel.

—¿Quién era Friedrich von Tannenberg? ¿Era el padre de Friedrich?

—No.

Konrad frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—La carta dice «Friedrich von Tannenberg». Su padre era Hans.

Amalia sintió que algo se cerraba dentro de ella.

—Tú sabes algo.

—Amalia…

—Tú sabes algo.

—No todo.

—Entonces dime lo que sabes.

Konrad caminó hasta la ventana.

—Hace dieciocho años hubo un incendio en las caballerizas de los Tannenberg.

—Lo sé.

—¿Y no fue él?

Konrad negó lentamente con la cabeza.

—No.

—¿Quién murió?

—Un muchacho.

—¿Qué muchacho?

Konrad tardó en responder.

—Friedrich.

Amalia sintió un escalofrío.

—Pero él tenía…

—Dos años.

—Entonces no puede ser.

—No debería.

—Konrad.

—La noche del incendio apareció un niño de dos años. Al día siguiente apareció Friedrich, era el hijo de los Tannenberg.

—Eso es absurdo.

—Lo sé.

—¿Me estás diciendo que el hombre con el que voy a casarme no es Friedrich?

Konrad se volvió.

—Te estoy diciendo que existen sospechas sobre ello. En un círculo muy cerrado.


Aquella misma noche, en el castillo de los Tannenberg, Elisabeth recibió a una visitante.

Augusta fue quien abrió la puerta.

Al reconocerla, se quedó inmóvil.

—Tú.

La mujer bajó del carruaje y se quitó los guantes.

—¿No vas a invitarme a entrar?

—No.

—Sigues siendo tan encantadora como cuando eras niña.

—Y tú sigues teniendo la misma desvergüenza.

La mujer sonrió.

—He venido a ver a Elisabeth.

—Mi madre no quiere verte.

—Eso dices tú.

Augusta cerró parcialmente la puerta.

—¿Qué quieres?

—Hablar de Friedrich.

La mano de Augusta se tensó sobre el pomo.

—¿Por qué tienes tanto miedo?

Augusta no respondió.

La mujer dio un paso adelante.

—Porque tú también sabes que no es quien decimos todos que es…

Augusta palideció.

—No vuelvas a decir eso.

—¿Por qué? ¿Porque alguien podría oírnos?

—Porque estás mintiendo.

La mujer soltó una carcajada.

—Ojalá.

Desde el interior del castillo llegó la voz de Elisabeth.

—Déjala pasar.

Augusta se apartó, dando paso a la mujer. Cuando pasó junto a ella, murmuró:

—Todavía estás a tiempo de salvarlo.

Augusta se volvió.

—¿Salvar a quién?

Pero la mujer ya caminaba hacia el salón.


Friedrich encontró a su madre esperándolo junto al escritorio.

Sobre la mesa había una caja de madera.

—¿Qué es eso?

—Algo que perteneció a tu padre.

—No quiero nada suyo.

—Lo sé.

Elisabeth abrió la caja y dentro había una medalla militar, varias cartas y una pequeña fotografía.

De inmediato, Friedrich tomó la fotografía. Era un niño. Dos años, quizá, pero con el semblante serio.

—¿Quién es?

—Tú.

Friedrich levantó los ojos.

—¿Cuándo se tomó?

—La mañana antes del incendio.

—¿Y por qué me la das ahora?

Su madre respiró profundamente.

—Porque dentro de tres semanas es posible que te cases.

—¿Y qué tiene que ver esta foto con eso?

—Hay cosas que un hombre debe conocer antes de unir su vida a otra familia.

Friedrich volvió a mirar la fotografía.

—¿Qué cosas?

Elisabeth cerró la caja.

—La verdad.

—¿Sobre mí?

—Sobre tu llegada a nuestro mundo.

Friedrich sintió que el aire se volvía pesado.

—Madre.

—Tu padre no era tu padre.

Silencio.

—Eso es imposible.

—No.

—¿Quién era?

Elisabeth se acercó.

—Un hombre llamado Karl von Tannenberg.

—Ese era mi padre.

—No.

Friedrich negó con la cabeza.

—No entiendo.

—Porque nunca te han contado la historia completa.

Elisabeth sostuvo su mirada.

—El hombre que murió aquella noche era Karl von Rabenau. Hicimos creer a todos que murió un muchacho, pero murió tu verdadero padre.

Friedrich permaneció inmóvil.

—Entonces, ¿quién soy?

Su madre no contestó. La puerta del salón se abrió y Augusta apareció en el umbral.

—Friedrich.

Él se volvió.

Augusta tenía los ojos llenos de lágrimas.

—No la escuches.

Elisabeth la miró.

—Ya es demasiado tarde.

—Madre…

—Tiene derecho a saberlo.

Friedrich miró a una y a otra.

—¿Quién soy?

Ninguna respondió.

Y fue entonces cuando escucharon cascos de caballo en el patio. Un jinete había llegado. Traía una carta para Friedrich.

El sello pertenecía a los Rabenau.


Amalia esperaba en su habitación.

Había escrito tres veces la misma frase y las tres veces había roto el papel. ¿Cómo podía preguntarle si era realmente quien decía ser? ¿Cómo podía mirarlo a los ojos después de haber descubierto que quizá toda su vida había sido construida sobre una mentira?

Finalmente tomó una decisión: no esperaría a la boda para decírselo y tampoco sabía cómo hacerlo por carta. Salió de la habitación y bajó las escaleras corriendo.

Cuando llegó al vestíbulo, encontró a Friedrich con el rostro pálido. Había llegado solo. La nieve cubría los hombros de su abrigo y eso redundaba en una escena verdaderamente triste.

Amalia se detuvo y él la miró.

Durante unos segundos ninguno habló.

—Tenemos que hablar —dijo él.

—Sí.

—Me han contado algo.

—A mí también.

Friedrich dio un paso hacia ella.

—¿Qué sabes?

Amalia lo miró directamente.

—Que quizá no seas un Tannenberg.

Él cerró los ojos.

—Entonces ya lo sabes.

Amalia sintió que el corazón se le encogía.

—¿Es verdad?

—No lo sé.

—¿Y por qué has venido?

Friedrich la observó con una mezcla de miedo y deseo que ella no había visto nunca en sus ojos.

—Porque, si no me equivoco, tu familia puede tener información sobre quién soy y, si vamos a casarnos, debemos comenzar a ser aliados.

Amalia se acercó.

—Yo tampoco sé quién soy desde que descubrí que voy a casarme contigo para salvar una propiedad que quizá ni siquiera será nuestra.

Friedrich sonrió amargamente.

—Entonces estamos los dos perdidos.

—Sí.

—¿Y ahora qué hacemos?

Amalia lo miró.

Por primera vez no había odio entre ellos. Solo miedo. Miedo y un deseo contenido, una nueva sensación que daba sentido a su futura posible relación.

—Descubrir la verdad.

Friedrich tomó su mano y Amalia se ancló a su brazo, un gesto que a Friedrich le hinchó el pecho de seguridad y amor.


Capítulo V

La sangre

La carta permaneció sobre la mesa durante varios minutos antes de que Friedrich se atreviera a abrirla.

Amalia estaba junto a la ventana.

—Ábrela —dijo ella.

Y Friedrich levantó el sello.

—¿Qué dice?

Izó los ojos.

—Que mi madre tuvo un hijo antes de casarse con mi padre.

Le tendió el papel y Amalia leyó la última frase.

Murió el padre del muchacho y a éste se lo llevaron hacia el norte, bajo la protección de otra rama de los Rabenau.

La joven levantó lentamente la mirada.

—Entonces ¿eres el sustituto del verdadero Friedrich?.

—Eso parece.

—Pero, eso no debería de importar. Tú has sido siempre Friedrich.

—No lo sé.

—¿Y quién escribió esto?

Friedrich señaló el sello.

—Creo que ha sido la familia del padre del verdadero Friedrich.

En cuanto dijo esto, abrió la puerta Luisa, la madre de Amalia junto a la baronesa Elisabeth.

—No sigáis buscando.

Friedrich se levantó.

—¿Por qué?

—Porque hay verdades que destruyen familias.

—Mi familia ya está destruida.

La baronesa finalmente dijo:

—Friedrich no es mi hijo.

La habitación quedó inmóvil.

—Pero lo he criado —continuó—. Y eso me convierte en su madre de una manera que la sangre jamás podrá cambiar.

Friedrich sintió que aquellas palabras le dolían más que la revelación.

—¿Quién era mi madre?

Elisabeth cerró los ojos.

—Una mujer que murió sin saber que su hijo seguía vivo.

—¿Quién?

—Una Rabenau. Nuestras familias están más unidas de lo que jamás hubiésemos deseado. Quizá ésa sea nuestra desdicha.

Amalia se llevó una mano a la boca.

La baronesa la miró y dijo.

—Era tu tía Elisa.


Aquella noche, Konrad desapareció. No podía soportar tantas mentiras, no quería saber nada más de aquella desgraciada verdad parental. Hasta temió conocer si él mismo no era hijo de sus padres y poder perder la cabeza por buscar la forma de amar a Amalia.

Pero antes de ensillar su caballo, le dijo a su hermana que temía que él tenía más derecho a amarla que el propio Friedrich. La beso en los labios y huyó, dejando a Amalia con la cara desencajada.


Capítulo VI

La deuda

Konrad llegó a Königsberg antes del amanecer.

Encontró a Samuel Hirsch en su despacho.

—Quiero comprar la deuda de mi familia.

Hirsch sonrió.

—No puede permitírselo.

—Tengo una oferta.

—No necesito su oferta.

—¿Qué quiere entonces?

El banquero se levantó.

—Que confiese por escrito la verdad.

Konrad permaneció inmóvil.

—¿Sobre qué?

—Sobre la noche en que provocó el incendio.

—No sé de qué habla.

Hirsch se acercó.

—Sí lo sabe.

Konrad apretó la mandíbula.

—¿Qué quiere?

—Que me entregue los documentos de su padre escondió tras el incendio.

—No los tengo.

—Por supuesto que los tiene. Si no, pídaselos a su padre.

Konrad comprendió entonces que el banquero sabía demasiado.

—¿Quién le paga?

Hirsch sonrió.

—Alguien que lleva dieciocho años esperando.


Mientras tanto, Amalia descubrió que Augusta ya conocía que Konrad la amaba y, aunque no hubo reproches, sí hubo preguntas. Amalia no podía comprender que tal secreto incestuoso hubiese existido sin ella conocerlo y, aun peor, que lo supiese Augusta.

—¿Por qué nunca me lo dijiste? —preguntó Amalia.

—Lo confirmé con él la otra noche. Por otra parte, tú y yo no solemos hablar, ni siquiera nuestras familias.

—¿Te lo dijo él?

Augusta sonrió con tristeza.

—Lo descubrí en su mirada y, cuando se lo pregunté, no me lo negó.

—¿Te lo confesó?

Augusta tardó en contestar.

—Sí, y en cuanto lo hizo le recordé que debía olvidarse de ti, que no podía verte con esos ojos.

—¿Y qué te dijo?

—Que hacía mucho que luchaba por no dejarse llevar y que sabía que tú acabarías amando a Friedrich; que vuestra madre ya lo había descubierto y le había insinuado en múltiples ocasiones que acabarías uniéndote a nuestra familia.

Amalia la tomó de la mano.

—No puedo con todo esto ahora…

Augusta bajó los ojos.

—Olvida que esté ocurriendo. Además, ¿Konrad no se ha ido?

—Sí. Necesito que me ayudes a buscarlo. ¿Lo harás?

—Claro que sí. No te preocupes.


Aquella tarde llegó un mensajero. Konrad había sido detenido en Königsberg. La acusación era de fraude. Pero Amalia sospechó inmediatamente que no se trataba de un asunto de dinero. Alguien estaba moviendo piezas en su familia y ahora su hermano era una de ellas.


Capítulo VII

La traición

Friedrich decidió ir a Königsberg y Amalia quiso acompañarlo.

—No.

—Sí.

—Es peligroso.

—Más peligroso es dejarte ir solo.

Él sonrió.

—Eso suena casi como una declaración de amor.

—No te acostumbres.

Viajaron durante horas.

En el carruaje hablaron poco y, cuando cayó la noche, se detuvieron en una posada.

Solo quedaba una habitación.

Amalia miró a Friedrich.

—Dormirás en el suelo.

—Naturalmente.

—Y no protestes.

—Jamás me atrevería.

Aquella noche, sin embargo, ninguno durmió. Hablaron hasta el amanecer: de sus familias, de sus miedos, de lo que habían perdido, de las confusiones y de lo que podían perder.

Y, cuando Friedrich le preguntó si realmente quería casarse con él, Amalia no respondió con palabras. Se acercó lentamente a sus labios y lo besó con ternura. Fue un beso breve al principio, casi temeroso.

Cuando se separaron, ambos comprendieron que acababan de cruzar una frontera de la que no podían regresar.

—Esto lo complica todo. Somos primos. —murmuró ella.

—No.

Friedrich le acarició el rostro y la miró con el deseo más ferviente de volver a besarla.

—Esto es lo único sencillo que nos ha ocurrido.


A la mañana siguiente, en Königsberg, encontraron a Konrad. Pero no estaba solo. Samuel Hirsch apareció acompañado y había conseguido que lo trasladaran a una sala privada.

—Su hermano sabe quién soy —dijo el desconocido.

Amalia lo miró. Era un hombre apuesto, un militar serio, con un gran talante.

—Entonces dígalo.

—Yo soy el testigo de lo ocurrido la noche del incendio.

Konrad levantó la cabeza.

—No.

Hirsch lo miró.

—Sí. Yo era el hombre que sacó a Karl von Rabenau del fuego.

Friedrich palideció.

—¿A mí?

—No.

Silencio.

—Al otro niño.


Capítulo VIII

El hijo

La verdad apareció de golpe: dos niños, dos familias. Una noche de fuego y… un intercambio.

El padre de Friedrich había tenido un hijo ilegítimo con una mujer Rabenau. Su esposa, Elisabeth, había descubierto la relación y había querido proteger al niño. Pero aquella misma noche se produjo el incendio. El hijo legítimo murió. El ilegítimo sobrevivió.

Para evitar un escándalo que habría destruido ambas familias, el administrador cambió las identidades. Hirsch.

El niño que todos creían muerto pasó a ser Luis. Acordaron dejar de llamarle Friedrich.

Amalia miró a Konrad.

—¿Quién es?

Konrad bajó los ojos.

—Luis.

—¿Dónde está?

Hirsch respondió:

—Muy cerca.

La puerta se abrió.

Entró un hombre de unos treinta años. Tenía los ojos de Elisabeth y la cicatriz de una quemadura en el cuello.

Friedrich y él cruzaron sus miradas.

—Soy yo —dijo.

Friedrich comprendió: el heredero de los Tannenberg estaba vivo. Por lo tanto, a él le correspondía el derecho de casarse primero.


Luis sonrió por primera vez.

—Entonces quizá podamos acabar con esto. Vuestra boda ya no tiene sentido y, según me han dejado saber, tenemos que casarnos cuanto antes. ¿No es así, Amalia?

Amalia dejó los guantes sobre la mesa y se acercó a la ventana. Afuera, la nieve seguía cayendo con una persistencia casi hipnótica. La posada estaba en silencio, salvo por algún ruido procedente de la planta baja y el crepitar de la leña en la chimenea.

—¿Sabes Luis? No me alegra lo que, para ti, sin duda, ha sido una desgracias. Pero yo no soy una pieza de un tablero de ajedrez. Soy una mujer. Una mujer que va a decidir con quién se casa.

—Me temo que no eres tú quién ha de decidir eso, Amalia —dijo Luis sonriendo maliciosamente.

—Todavía puedes evitar que sea tu futuro marido —dijo Friedrich apesadumbrado.

Amalia bajó la mirada.

—Si, como así determinan los Señores del viento, ciertamente el futuro de nuestras familias ha de depender de mí, algo de peso tiene mi decisión. De hecho, se va a hacer lo que yo diga.

La sonrisa desapareció del rostro de Luis, a la vez que iluminaba la de Friedrich.


—Amalia…

—No digas nada.

Él permaneció quieto.

Ella se acercó a la chimenea y extendió las manos hacia el fuego. El calor le devolvió lentamente la sensibilidad a los dedos.

Friedrich se acercó despacio.

—Hay una cosa que ahora sé.

Amalia levantó los ojos.

—¿Cuál?

—Que cuando estás cerca de mí me cuesta pensar en por qué odiaba la idea de casarme contigo.

Ella contuvo el aliento.

—No deberías decirme eso.

Friedrich quedó frente a ella. La distancia entre ambos era mínima.

—Dime que quieres que me aparte y lo haré.

Amalia quiso responder, pero no pudo.

Friedrich levantó una mano y apartó suavemente un mechón de cabello que había quedado junto a su mejilla. El gesto fue tan sencillo que resultó mucho más íntimo que cualquier palabra.

—Creo que eres tan mía como yo tuyo, Amalia —susurró.

Amalia cerró los ojos cuando él inclinó la cabeza para besarla.

Ese beso fue lento. Casi prudente. Pero cuando ella apoyó una mano sobre su pecho, sintió el latido acelerado de Friedrich bajo la camisa y comprendió que el destino de sus familias dependía del amor que ambos iban a disfrutar.

Él se apartó apenas.

—Amalia…

Ella abrió los ojos.

—No…

—¿No qué?

—No te alejes.

Friedrich la miró durante un largo instante.

Después volvió a besarla.

Esta vez no hubo prudencia. Amalia rodeó su cuello con los brazos y él la estrechó contra sí. El calor de su cuerpo atravesó la tela del vestido y, durante unos segundos, todo lo demás desapareció: las familias, las deudas, el matrimonio impuesto y aquel secreto que parecía dispuesto a destruirlos.

Solo estaban ellos.

Cuando Friedrich deslizó los dedos por su espalda, Amalia se estremeció.

Él se detuvo inmediatamente.

—¿Quieres que pare?

Ella apoyó la frente contra la suya.

—No.

La palabra apenas fue un susurro.

Friedrich sonrió.

—Entonces tendremos que ser cuidadosos.

—¿Por qué?

—Porque si seguimos así, no nos permitirán casarnos de ningún modo.

Amalia soltó una pequeña carcajada mientras se acurrucaba en el pecho de aquel joven perdidamente enamorado.

Permanecieron abrazados junto al fuego mientras la nieve cubría lentamente los tejados de la posada.


El conde Wilhelm, así como Luis y el resto de familiares, comprendieron en pocas horas que Amalia había tomado las riendas del problema y la solución estaba enteramente en sus manos. Si no quería casarse con el verdadero primogénito, no lo haría y pocos días quedaban ya para conseguir llevar a cabo la boda.


Capítulo IX

La caída

Las dos familias se reunieron en el gran salón. Por primera vez en generaciones, los Rabenau y los Tannenberg estaban sentados frente a frente sin esconder las armas detrás de las palabras.

Luis contó la verdad frente a todos y Hirsch presentó los documentos.

Konrad, por su parte, confesó que había intentado comprar la deuda para impedir la boda. Lo atribuyó a la compasión que sentía por su hermana, pues no quiso desvelar sus verdaderos motivos.

Amalia y Friedrich no podían evitar despreciar las maquinaciones de todos los hombres que habían ejercido poder sobre ellos, sin conseguir más que aumentar su deseo de unirse.

Y, entonces, apareció Ernst von Bülow, el antiguo amigo de Konrad que había pretendido a Amalia, viéndola ahora como fielmente enamorada de Friedrich. Traía consigo una orden de Berlín.

—Samuel Hirsch queda acusado de conspiración y falsificación.

Hirsch palideció.

—No fui yo quien falsificó los documentos.

Ernst sacó otra carpeta.

—Lo sabemos.

—¿Quién?

El capitán miró a la baronesa Elisabeth.

Ella cerró los ojos.

—Mi marido.

Friedrich la miró.

—¿Qué?

—Tu padre no murió sin dejar instrucciones —dijo ella—. Quería conservar el apellido a cualquier precio. Fue él quien ordenó ocultar la identidad de los niños.

—¿Y tú lo permitiste?

—Era una mujer sola. Tenía dos hijos bajo mi techo y una familia que habría sido destruida.

Friedrich respiró profundamente.

—Podrías haberme contado la verdad.

—Sí.

—¿Por qué no lo hiciste?

Elisabeth lo miró con lágrimas en los ojos.

—Porque te quería. Jamás pensé que Luis llegaría de nuevo a nuestras vidas.

Friedrich se acercó y la abrazó.

Amalia observó la escena.

Había rencor, sí. Rencor por las mentiras, por haber intentado reducirle a ser el segundo, junto cuando ya comenzaba a amar a Amalia.

Pero también había amor. Amor a la que siempre creyó su madre.


Konrad se acercó a Amalia y, suave y sinceramente dijo:

—Lo siento.

Ella sabía por qué.

—Lo sé.

—Nunca debí intentar separarte de él.

—No te arrepientas.

—Pero lo habría hecho otra vez de seguir pensando que Friedrich no te convenía.

Amalia sonrió tristemente.

—Te perdono, querido. Recuerda que siempre serás mi hermano. Vuelca tus miradas en Augusta. Sé que ella se interesa por ti.

Konrad la miró.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Lo amas?

Amalia volvió los ojos hacia Friedrich.

—Sí. Creo que lo amo desde que lo encontré aquella noche, cuando aún deseaba odiarlo con toda mi alma.

Konrad asintió y sonrió mientras la abrazaba con fraternal ternura.


Capítulo X

El deshielo

La boda ese mismo sábado.

No fue la boda que habían planeado, ni hubo grandes discursos. Tampoco hubo invitados suficientes para llenar el salón. Pero estaban las dos familias. Y eso bastaba.

Amalia llegó a la iglesia con un vestido sencillo.

Friedrich la esperaba en el altar y, cuando ella legó hasta él, le susurró:

—Todavía estás a tiempo de arrepentirte.

—No pienso hacerlo.

—¿Ni siquiera un poco?

—Sólo de haber tardado tanto en besarte.

Amalia sonrió.

El sacerdote comenzó la ceremonia.

Llegado el momento de pronunciar los votos, Friedrich no habló de obediencia ni de deber.

—Te elijo —dijo—. No porque nuestras familias lo hayan decidido, ni porque las tierras nos obliguen. Te elijo porque después de conocerte ya no sé imaginar mi vida sin ti.

Amalia sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Y yo te elijo a ti, Friedrich. Te elijo porque, de no ser por ti, nada en mí hubiese llegado a sentir el amor que siento, nadie hubiese frenado mis miedos como tú y porque el mundo sería un lugar injusto. Me has apoyado en mis decisiones y todos sabemos que no han sido del agrado de nuestras familias —en ese momento se escuchó un murmuro en forma de sonrisa junto a una carcajada— y hoy no podría tomar riendas sobre lo que estoy segura de que será un futuro más feliz que el que ninguno de los presentes aquí podríamos imaginar.


Meses después, en primavera, Amalia caminaba por los jardines.

Friedrich la esperaba junto a las hortensias.

Amalia apoyó la cabeza sobre su hombro mientras se acariciaba la pequeña tripita que ya se pronunciaba en su perfil.

A lo lejos, Konrad hablaba con Augusta.

Amalia levantó la vista y sonrió al verlos charlar animosamente.

—¿En qué piensas?

Friedrich la besó en la frente al verla tan feliz.

—En que, por primera vez, no tenemos que luchar por nada.

Ella sonrió nuevamente y Friedrich la estrechó contra él, tomando cuidado de no dañarla.

—Pero, si hemos de hacerlo, lucharemos juntos.

Y mientras el viento recorría los campos de Prusia, las campanas de la iglesia comenzaron a sonar.

No anunciaban una guerra. Ni luchas, mi muertes. Anunciaban una vida apacible, una vida común, una vida de rutinas.

Los señores del viento habían mandado sobre el mundo que les rodeaba, sobre su mundo: padres y hermanos, administradores; ahora, mientras las campanas repicaban, el mundo aprendía a vivir sin su mandato.


Sin embargo, el mundo seguía cambiando. Prusia también.

Aquellas tierras, las tierras de todos, fueron divididas de acuerdo con los documentos recuperados. Luis recibió la parte que le correspondía como heredero de los Tannenberg y vivió junto a su madre, la aún baronesa Elisabeth, en una pequeña casa cercana al castillo. Mas tardó muy poco en regresar al ejército.

Friedrich, por su parte, conservó la propiedad principal, donde se consideró que debía vivir la nueva pareja.

Los Rabenau recuperaron sus documentos y las deudas fueron renegociadas.

Samuel Hirsch desapareció de la región. Probablemente por su fortuna, consiguió evadir la justicia. Lo último que supieron de él es que se había convertido en el asesor del gobernante de la ciudad de Memel. Ninguno se extrañó por tal cargo.

Sí, él formaba parte de las élites, de los Señores del viento, de los que no pudieron con Amalia pero que jamás dejarían de existir. Y, desgraciadamente, jamás dejarán de hacerlo…


Los señores del viento


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