NOTA: HAS DE SER ADULTO PARA LEER ESTE ARTÍCULO, EL CUAL TIENE PROPÓSITOS INFORMATIVOS SOBRE UN CASO CRIMINAL REAL. SI ERES SENSIBLE, POR FAVOR, NO LO LEAS. PODRÍA AFECTARTE.
PUNTOS QUE VAMOS A ANALIZAR:
- El pastor — quién era András Pándy y qué imagen proyectaba.
- La casa — Bruselas, la familia y la autoridad que ejercía dentro de ella.
- Las desapariciones — seis personas que dejan de existir sin que, aparentemente, haya cadáveres.
- Ágnes — la hija que primero fue víctima y después terminó siendo cómplice.
- La maquinaria familiar — abusos, incesto, miedo y la progresiva eliminación de quienes podían hablar.
- Los muertos — Ilona, Dániel, Zoltán, Andrea, Tünde y Edit.
- El sótano — qué hicieron con los cuerpos y cómo intentaron borrar las pruebas.
- Las primeras denuncias — Ágnes acusa a su padre y nadie consigue demostrarlo.
- El regreso del caso — nuevas informaciones, registros y restos humanos.
- El pastor contra todos — su estrategia de negación y la frialdad durante la investigación.
- El juicio — las declaraciones, las contradicciones y la reconstrucción de los asesinatos.
- La sentencia — cadena perpetua para Pándy, 21 años para Ágnes.
- Lo que quedó bajo tierra — los otros restos encontrados y las preguntas que nunca llegaron a resolverse.
- El final — Pándy muere en prisión en 2013, pero el caso permanece como una de las historias criminales más perturbadoras de Bélgica.
EL CASO PÁNDY
El pastor que hizo desaparecer a su familia
1. El pastor, el barba azul de hungría
Hay hombres que construyen su autoridad con dinero. Otros con violencia. András Pándy la construyó con algo más delicado: la religión.
András Pándy nació el 1 de junio de 1927 en Csap (Chop), en la entonces Rutenia subcarpática de Checoslovaquia, una localidad fronteriza con Hungría. Hoy Chop pertenece a Ucrania. Era de familia húngara.
Pándy creció en una familia de cuatro hermanos: tres varones y una mujer. Su padre trabajaba como cartero y su madre era ama de casa. La familia tenía pocos recursos.
Hay un dato particularmente llamativo: sus dos padres acabaron en prisión por delitos de robo, aunque en momentos diferentes.
Primero fue detenido el padre y cumplió una condena breve en la cárcel de Királyhelmec. Posteriormente fue la madre quien terminó encarcelada por robo. Algunas fuentes de la época interpretaron aquellos delitos dentro de la extrema pobreza en que vivía la familia, aunque eso pertenece a la interpretación de los testimonios familiares y no a un hecho que podamos demostrar como causa.
Como consecuencia de las ausencias de sus padres, los cuatro niños fueron criados durante parte de su infancia por familiares, especialmente por un tío. Cuando periodistas húngaros localizaron a familiares en Csap después de que estallara el escándalo en 1997, estos recordaban a András como un muchacho inteligente, tranquilo, educado y buen estudiante.
Cuando tenía 17 años, en el otoño de 1944, el frente llegó a Csap.
Pándy abandonó entonces la región y se trasladó hacia Hungría. Este desplazamiento se produjo en un momento extremadamente convulso: la Segunda Guerra Mundial estaba llegando a territorio húngaro y Rutenia subcarpática estaba a punto de cambiar definitivamente de soberanía.
Después de la guerra permaneció en Hungría y comenzó su trayectoria religiosa. Una fuente contemporánea señala que en 1953 estaba en Hajdúhadház, donde habría iniciado su práctica como ayudante de un pastor protestante. Allí conoció a Ilona Sőrés, que sería su primera esposa.
Pándy no se convirtió en pastor de repente cuando llegó a Bélgica. Según los testimonios recogidos sobre su juventud, los hermanos Pándy estudiaron teología, aunque solamente el hermano mayor, Sándor, habría completado los estudios. Pándy se incorporó al ámbito de la Iglesia reformada húngara y llegó a ejercer como ayudante de pastor. Es decir, cuando abandonó Hungría en 1956 ya tenía una identidad religiosa bastante definida.
Pándy y su primera esposa, Ilona, abandonaron Hungría después de la Revolución de 1956.
La pareja salió del país en noviembre de ese año. Pasaron por Austria y Suiza y estuvieron durante unos meses en un campo de refugiados en Basilea. Finalmente llegaron a Bruselas a comienzos de 1957.
Así, el muchacho de una familia pobre de Csap, cuyo padre y cuya madre habían pasado por prisión, se convierte en András Pándy, pastor de una pequeña comunidad protestante húngara de Bruselas.
Su condición de ministro protestante le proporcionaba una posición social, una red de relaciones y una autoridad que después resultaron relevantes para entender cómo pudo mantener durante años una determinada imagen pública.
Para la comunidad en la que trabajaba, eso significaba algo más que celebrar cultos. Un pastor podía ocupar una posición de confianza: aconsejaba a familias, atendía problemas personales, intervenía en conflictos y mantenía contacto habitual con los miembros de su congregación.
Y Pándy sabía presentarse precisamente de esa manera: como un hombre culto, religioso y preocupado por la moral de los demás.
Y quien quería escapar se encontraba con un problema: ¿adónde podía ir alguien que había aprendido desde niño que el mundo exterior era menos importante que la voluntad del padre?
Cuando llegó a Bélgica desde Hungría, después de la revolución de 1956, era un hombre que había aprendido a moverse entre dos mundos. Por un lado estaba el inmigrante que necesitaba rehacer su vida; por otro, el pastor protestante que encontraba en la religión una posición desde la que hablar y ser escuchado. Durante años, esa imagen le acompañó. Era un hombre severo, de convicciones rígidas, acostumbrado a que su palabra pesara dentro de su comunidad y, sobre todo, dentro de su familia.
Y allí empezaba el verdadero problema. Porque Pándy no entendía la familia como un lugar donde convivían personas libres. La entendía como una estructura jerárquica en cuyo vértice estaba él.
Su primera esposa, Ilona Sőrés, tuvo varios hijos con él. Entre ellos estaba Ágnes. Después llegó Edit Fintor, que tenía hijas de una relación anterior. Pándy volvió a formar una familia.
Desde fuera podía parecer una historia bastante corriente de matrimonios, separaciones e hijos de distintas relaciones. Pero dentro de aquella casa se estaba formando otra cosa.
Un pequeño territorio privado donde la autoridad del padre era absoluta. Y donde, con el tiempo, empezaron a suceder cosas que nadie de fuera podía imaginar.
Pándy, además de ser un hombre religioso y familiar, utilizaba anuncios matrimoniales publicados en periódicos húngaros durante los años setenta. En ellos empleaba nombres y profesiones falsas y ofrecía a las mujeres una especie de «luna de miel europea». La idea era que él, que vivía en Bélgica, las llevaría a Bélgica. De esta manera, se conoce que Pándy viajó durante muchos años, de forma regular, a su país de origen. Al menos dos mujeres que posteriormente declararon ante los investigadores contaron que habían aceptado sus propuestas, viajaron a Bélgica y descubrieron que la relación que Pándy les había prometido tenía poco que ver con la vida que encontraron allí. Ambas mujeres terminaron haciendo fundamentalmente de sirvientas para Pándy y regresaron a Hungría rechazando sus propuestas matrimoniales.
Fue precisamente durante esos viajes frecuentes a Hungría cuando conoció a Edit Fintor, su segunda esposa, que todavía estaba casada. Según la versión del entonces marido de Edit, Pándy la sedujo y ella terminó marchándose con él a Bélgica junto con sus tres hijas. Posteriormente se casaron en 1979.
2. La casa
La casa de Huygensstraat. La investigación se concentró especialmente en una vivienda de la calle Huygens, en el municipio bruselense de Schaerbeek. Pándy había vivido allí con su familia.
Ágnes fue una de las víctimas. Lo contó mucho después, cuando ya era demasiado tarde para muchas otras personas.
Lo terrible del caso Pándy no está solamente en los asesinatos. Está también en comprobar cómo una familia puede acostumbrarse a convivir con algo monstruoso hasta que lo monstruoso empieza a parecer cotidiano.
La casa tenía sus reglas. Pándy decidía. Los demás obedecían.
Durante años, los vecinos no vieron asesinos ni víctimas.
Vieron una familia relativamente normal.
3. Las desapariciones
| Persona | Relación con Pándy | Fecha | Qué ocurrió |
|---|---|---|---|
| Edit Fintor | Segunda esposa | 1986 | Desapareció junto con su hija Andrea. Pándy sostuvo que se había marchado a Alemania con otro hombre. |
| Andrea Fintor | Hijastra, 14 años | 1986 | Desapareció al mismo tiempo que su madre. |
| Ilona Sőrés | Primera esposa | 20 marzo 1988 | Fue asesinada junto con su hijo Dániel, según la reconstrucción judicial. |
| Dániel Pándy | Hijo biológico | 20 marzo 1988 | Asesinado junto a su madre. Tenía 27 años. |
| Zoltán Pándy | Hijo biológico | 4 abril 1988 | Asesinado dos semanas después de Ilona y Dániel. Tenía 22 años. |
| Tünde Fintor | Hijastra | junio 1989 | Desapareció mientras Ágnes estaba fuera. Pándy afirmó que la había echado de casa. |
Pándy dijo que se habían marchado.
No era algo imposible. La gente abandona sus casas. Las familias se rompen.
En apenas tres años, seis personas relacionadas con Pándy habían dejado de estar.
Lo extraordinario era que nadie parecía tener una razón clara para sospechar de él. No había sangre, ni una posible escena criminal. Ni había cuerpos.
Solo había personas que ya no estaban. Y un hombre que explicaba por qué.
Cuando Ágnes denunció a su padre por primera vez el 22 de enero de 1992, las seis personas ya habían desaparecido. La denuncia fue archivada entonces por falta de elementos suficientes.
Después de la revolución rumana de 1989, Pándy utilizó su organización YDNAP —su apellido escrito al revés— para presentar una actividad de ayuda a jóvenes y niños de Europa del Este. La organización había sido creada en los años setenta con un objetivo declarado bastante respetable: ayudar económicamente a jóvenes reformados con sus estudios. Ágnes aparecía como secretaria y persona encargada de la organización.
La prensa húngara informó en noviembre de 1997 de que Pándy había acogido en su casa de Bruselas a niños rumanos huérfanos o refugiados, llegados después de la revolución que derribó a Ceaușescu. Según aquella información, habían sido canalizados mediante YDNAP. No se estableció con precisión cuántos eran, quiénes eran todos ellos ni qué fue de ellos.
4. Ágnes
En su familia, la autoridad religiosa del padre de familia redundaba en una situación especialmente difícil para que una hija pudiera enfrentarse a él.
Ágnes ocupaba una posición especialmente difícil. Era la hija mayor de Pándy. Había sufrido sus abusos. Y también sabía cómo funcionaba aquel hombre cuando estaba dentro de casa. Sabía que no era lo que aparentaba socialmente.
La primera vez que intentó romper el silencio fue en 1991 denunció a su padre por abusos sexuales. Sin embargo, la denuncia no consiguió detenerlo.
Aquello resulta hoy difícil de asimilar, porque sabemos lo que ocurrió después. Pero en aquel momento las autoridades parece ser que no supieron darle la importancia que merecía el caso: una denuncia por abusos, varias desapariciones y un padre con explicaciones para todo. Nada parecía suficiente para construir un caso de asesinato.
Ágnes siguió vinculada a su padre, sin poder hacer nada para evitarlo. Por miedo, entendieron algunos.
Y esa es quizá una de las partes más incómodas de la historia. Porque su hija tuvo que permanecer junto a su padre, a quien había acusado. Acobardada y, sin poderlo evitar, formando parte de la trama que éste estaba desarrollando. Ella estuvo junto a sus hijos mientras todo esto iba ocurriendo, eso podía sumar un mayor temor.
Pándy tenía una posición social que aún le proporcionaba respetabilidad. Era pastor protestante, padre de familia y un hombre acostumbrado a ejercer autoridad sobre los demás, además de ofrecer ayuda a sus feligreses. ¿Cómo iba a poder apoyar a una hija probablemente díscola y rebelde? Él contaba con credibilidad social, hasta el punto que le habían ayudado a comprar varias propiedades con supuestos fines religiosos de los que se apropió, además de malversar ciertos fondos también aportados por sus feligreses.
Ágnes, según ella misma testificó, ayudó forzosamente a descuartizar a los desaparecidos.
Hay evidencia bastante clara de que Ágnes agredió físicamente a Tímea con una barra de hierro en 1985, y no parece ser una invención aparecida mucho después. La fecha que aparece en fuentes belgas es el 23 de junio de 1985. Ágnes llamó a Tímea y la atrajo con el pretexto de que había encontrado dinero detrás de un papel pintado. Cuando Tímea se acercó a mirar, Ágnes le golpeó la cabeza con una barra de hierro. Tímea sobrevivió.
Hay una fuente húngara contemporánea al juicio que recoge la versión de Ágnes con bastante detalle: según su declaración, Pándy había planeado el asesinato de Tímea y había indicado a Ágnes cómo ejecutarlo. El golpe, sin embargo, no la mató. Y esto es importante: Tímea denunció la agresión a la policía. Posteriormente retiró la denuncia y explicó que había sido un accidente.
Algunas reconstrucciones presentan el ataque como una combinación de obediencia a su padre, dependencia psicológica y celos porque Pándy había convertido también a Tímea en víctima sexual.
Tímea consiguió escapar posteriormente a Canadá con su hijo Mark. La cronología de RTBF sitúa la huida en enero de 1986. Pándy y Ágnes incluso viajaron posteriormente a Canadá buscando localizarla.
5. La maquinaria familiar
Para entender lo que ocurrió en la familia Pándy hay que empezar por la relación de poder que András había establecido dentro de ella. No era únicamente el padre y cabeza de familia. Era también el pastor, la autoridad religiosa y la persona que imponía las reglas de convivencia: incluso acataban cuándo comenzar a tener relaciones sexuales, con motivos puramente iniciáticos. Ágnes comenzó a tener relaciones con su padre a partir de los 11 años.
Durante años mantuvo relaciones sexuales incestuosas y abusó de varias de las jóvenes de la familia.
Tímea es, probablemente, la persona superviviente más importante para entender por qué se desencadenó todo. El caso de Tímea aportó una prueba independiente especialmente clave. Tímea se había quedado embarazada cuando tenía unos 20 años y había tenido un hijo. El análisis de ADN demostró que Pándy era el padre biológico: existía una prueba genética que confirmaba la relación incestuosa con, al menos, una de sus hijas.
Ágnes, la mayor, ocupaba una posición todavía más complicada. Había sido víctima de los abusos de su padre, pero fue lo suficientemente valiente para acusarlo en dos ocasiones, a pesar de conocer que su propia declaración podía incriminarla a ella.
Pero, además, Edit y Pándy tuvieron dos hijos dentro del matrimonio que no fueron asesinados.
- András Áron, nacido en 1980.
- Marianna Réka, nacida en 1981
Cuando comenzaron las desapariciones, ambos eran todavía jóvenes. Su presencia es importante: no todos los hijos de Pándy fueron víctimas de la cadena de asesinatos. Estos fueron hijos naturales, los únicos que no fueron adoptados dentro de su segundo matrimonio.
Se sabe que Réka terminó bajo protección de las autoridades. La cronología de RTBF recoge que en mayo de 1992 fue colocada por el juez de menores. Sobre András Áron existe menos información pública fiable.
Está documentado que Ágnes tenía hijos y que Pándy la envió de vacaciones con ellos poco antes de la desaparición de Tünde.
6. Los muertos
Ilona Sőrés.
Edit Fintor.
Dániel Pándy.
Zoltán Pándy.
Andrea Fintor.
Tünde Fintor.
Todas eran víctimas de asesinato. La reconstrucción de los hechos indicaría que Pándy había utilizado distintos métodos para acabar con ellos. Hubo disparos. Hubo golpes. Y después vino la parte que exigía más sangre fría: eliminar los cadáveres.
Pándy era un verdadero sádico criminal porque matar a una persona es un crimen. Pero, hacer desaparecer su cuerpo es intentar borrar incluso la posibilidad de demostrar que ese crimen ocurrió.
Y Pándy dedicó tiempo a ello. Mucho tiempo.
Y tuvo una ayuda inimaginable: la propia Agnes.
La policía todavía tendría que averiguar cómo lo había hecho.
7. El sótano
Los detalles de la eliminación de los cuerpos fueron especialmente macabros.
Según el relato de Ágnes, ella había ayudado a su padre y los cadáveres fueron descuartizados. Se utilizaron productos químicos para intentar destruir los restos. Algunas partes fueron trasladadas y abandonadas en otros lugares.
No había nada improvisado en aquello. Había una intención concreta: impedir que los cadáveres pudieran ser identificados.
Pándy necesitaba que los muertos desaparecieran por segunda vez: primero, de la vida familiar; después, de la tierra. Y, durante años pareció conseguirlo. Hasta que una investigación policial volvió a mirar hacia las casas.
En abril de 1998, los expertos estimaron que los restos recuperados en los sótanos de dos propiedades de Pándy podían corresponder a entre 14 y 22 personas.
Los análisis genéticos determinaron que los restos que pudieron analizarse no pertenecían a la familia Pándy.
Cuando se descubrieron los restos, la Fiscalía consideró expresamente esa posibilidad. Le Monde recogía en noviembre de 1997 que los huesos podían proceder de mujeres húngaras que Pándy había llevado a Bélgica con intención matrimonial.
Las hipótesis fueron esencialmente:
1. Mujeres húngaras que habían acudido a Pándy mediante sus anuncios matrimoniales.
Fue la hipótesis que más llamó la atención de los investigadores porque existía una conexión documentada entre Pándy y numerosas mujeres que viajaban a Bélgica.
2. Personas fallecidas por otras circunstancias y cuyos restos habían acabado allí.
No se pudo excluir completamente que los restos no tuvieran relación criminal con Pándy.
3. Víctimas adicionales de Pándy.
La Fiscalía llegó a sospechar públicamente que podía haber más víctimas que las seis de su familia. En octubre de 1997 el fiscal adjunto Jos Colpin llegó a decir que parecía probable que hubiera otras víctimas.
No aparecieron simplemente enterrados en tierra. En la casa de Vandermaelenstraat 54, los investigadores tuvieron que romper y excavar la losa de hormigón del sótano. Inicialmente aparecieron una pierna, una cadera y fragmentos de cráneo. Eso explica por qué la investigación fue tan laboriosa: no estaban ante un cadáver reconocible, sino ante fragmentos óseos que habían sido cortados y posteriormente quedaron incorporados al suelo. Un periodista del Irish Times describía huesos que habían sido cortados con un hacha y que los especialistas intentaban reconstruir.
Durante el registro de la vivienda, los investigadores encontraron carne o tejido humano en un congelador. Al principio tampoco estaba claro si procedía del mismo individuo que los restos óseos. Y en otro registro, según El País, aparecieron más fragmentos: un brazo y varios restos correspondientes a un dedo. Las autoridades ni siquiera pudieron determinar inicialmente si pertenecían al mismo cuerpo.
En 1999, cuando los investigadores ya habían intentado relacionar los restos con las mujeres húngaras que habían respondido a los anuncios matrimoniales de Pándy, apareció otra posibilidad: cerca de la casa había existido antiguamente un cementerio.
La policía belga viajó a Hungría y llegó a interrogar a veinte mujeres que habían respondido a los anuncios matrimoniales de Pándy. Muchas habían llegado a Bélgica e incluso habían vivido algún tiempo con él.
8. Las primeras denuncias
La denuncia de Ágnes en 1991 no había conseguido acabar con Pándy.
Ágnes acudió a la Policía Judicial de Bruselas y denunció a su padre por incesto y abusos sexuales, además de poner en conocimiento de los investigadores la desaparición de seis miembros de la familia. No era, por tanto, una simple denuncia de desaparición: estaba señalando directamente a su propio padre como responsable y explicando que ella misma había sido víctima de él.
Esto es importante porque a veces se cuenta retrospectivamente como si Ágnes hubiera acudido a la policía diciendo simplemente: «Mi padre ha matado a seis personas». Su denuncia mezclaba dos asuntos: los abusos sexuales y las desapariciones. ¿Acaso el pastor había sido capaz de cometer tales crímenes?
La documentación que posteriormente examinó el Tribunal Europeo de Derechos Humanos confirma que, cuando Pándy fue interrogado el 14 de mayo de 1992, la policía no disponía de elementos suficientes para incriminarlo y el expediente fue archivado.
Según la declaración de Ágnes, los asesinatos de los cinco familiares en los que ella reconoció haber participado se habían producido en otra propiedad de Pándy, situada junto al canal de Charleroi, en la zona de Nijverheidskaai/Quai de l’Industrie, y posteriormente los cuerpos habrían sido destruidos mediante ácido, desmembramiento y otros procedimientos.
Cuando lo interrogaron, Pándy negó conocer el paradero de los familiares, pero afirmó que había vuelto a encontrarse con varios de ellos en fechas relativamente recientes. Es decir, proporcionaba a los investigadores una explicación alternativa a la de Ágnes.
Una reconstrucción contemporánea de Los Angeles Times explica que el jefe de la unidad criminal de la Policía Judicial de Bruselas, François Monsieur, consideró que la historia inicial de Ágnes no encajaba suficientemente y llegó a pedirle que saliera a caminar y reconsiderara lo que estaba contando.
Para cuando Ágnes denunció en enero de 1992, Pándy había tenido años para construir explicaciones distintas para cada desaparición. Había utilizado cartas, tarjetas postales e incluso personas que representaban a familiares desaparecidos para reforzar la apariencia de que algunos seguían vivos. RTBF recoge, por ejemplo, que después de los asesinatos de 1988 se envió desde Maubeuge una tarjeta a nombre de Dániel e Ilona y se contactó con una persona en Hungría para que interpretara el papel de Dániel.
El archivo era provisional y podía reabrirse si aparecían nuevos elementos. La propia legislación belga contempla el classement sans suite como una decisión que puede revisarse cuando aparecen nuevas pruebas. La investigación fue retomada aproximadamente cinco años después, cuando llegaron desde Hungría documentos e informaciones que hicieron pensar que Pándy podía estar relacionado con las desapariciones. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos recoge esta secuencia expresamente.
La Marcha Blanca fue decisiva para crear el clima institucional que permitió que el expediente de Ágnes volviera a mirarse, pero hay que hacer una precisión importante: no fue la Marcha Blanca la que, por sí sola, ordenó reabrir el caso Pándy. La reapertura formal se produjo el 6 de mayo de 1996, y estuvo directamente vinculada a nuevas informaciones procedentes de Hungría; la Marcha Blanca de terminó, en octubre de 1996, que se revisasen los casos cerrados o fríos en los que se hubiese abusado, supuestamente, de menores.
Los investigadores empezaron a disponer de información procedente de Hungría, de datos sobre las mujeres que Pándy había conocido mediante sus anuncios matrimoniales y, posteriormente, de evidencia material encontrada en sus propiedades. Así, si bien el expediente de Pándy ya había empezado a moverse antes de la Marcha Blanca, ésta hubiese reabierto el caso de todos modos. La conmoción provocada por Dutroux modificó la manera en que las autoridades belgas estaban dispuestas a mirar esos expedientes.
El 9 de septiembre de 1997 se abrió formalmente la instrucción por asesinato y comenzaron los registros de sus inmuebles.
Después de comprobar que Pándy había fabricado personas, cartas y testimonios para demostrar que estaban vivos, esa explicación dejó de ser creíble y éste perdió gran parte de su credibilidad.
9. El regreso del caso
En 1997, entonces, la historia cambió.
Ágnes empezó a hablar con mayor detalle. Ya no se trataba únicamente de acusaciones. Había nombres. Había lugares. Había explicaciones sobre lo que había ocurrido después de las desapariciones.
La policía registró propiedades relacionadas con Pándy y encontró, efectivamente, restos humanos. Como hemos indicado anteriormente, los primeros restos humanos aparecieron en el sótano de la casa situada en Vandermaelenstraat 54, en Sint-Jans-Molenbeek, Bruselas. La investigación comenzó allí excavando el suelo de la bodega. Una fuente belga posterior identifica expresamente esa dirección. En esta propiedad, en una zona modesta, los investigadores sacaron del subsuelo un cráneo, fragmentos de extremidades, una pelvis, dientes, cabello y otros restos. En registros posteriores aparecieron más fragmentos, hasta el punto de que los especialistas llegaron a estimar que podían estar representadas numerosas personas.
La policía también registró otra casa de Pándy en Molenbeek, igualmente próxima al canal. Allí se localizaron más restos, entre ellos dientes que posteriormente permitieron establecer que había restos correspondientes a varias personas diferentes.
Las fuentes contemporáneas hablan de dos sótanos de dos domicilios de Pándy en los que aparecieron restos humanos. En abril de 1998, El País recogía que los expertos estimaban que los restos encontrados en esas dos viviendas podían corresponder a entre 14 y 22 personas.
Ese momento fue decisivo. Hasta entonces Pándy podía sostener que los desaparecidos estaban vivos. Ahora la tierra empezaba a contradecirle.
Comenzaba una tarea difícil para los forenses: tenían que reconstruir los restos, compararlos, determinar su procedencia y relacionarlos con personas que llevaban años desaparecidas.
Había huesos y otros vestigios biológicos; además aparecieron sangre, cabello, tejidos, dientes, ropa desgarrada y cenizas. También se localizaron armas de fuego y una cantidad importante de un desatascador extremadamente corrosivo.
Los especialistas tuvieron que separar lo que era material humano de aquello que podía ser animal, mineral o simplemente residuo.
Los huesos fueron estudiados anatómicamente: tamaño, forma, características morfológicas y estado de conservación.
Pero apareció otro misterio: los peritos llegaron a estimar que los restos encontrados podían corresponder a más de una decena de personas. En abril de 1998, Le Monde hablaba de una estimación de entre 14 y 22 posibles víctimas, basada en el análisis de los huesos encontrados en la casa de Molenbeek. Pero eso no significaba que hubieran identificado a 14 o 22 víctimas de Pándy.
Y el caso se vuelve todavía más extraño: los peritajes no pudieron establecer que aquellos restos pertenecieran a las seis personas que Pándy había sido acusado de asesinar.
La investigación se hizo todavía más inquietante. Porque si aquellos huesos no pertenecían a la familia, ¿a quién pertenecían?
Y si habían acabado allí, ¿qué había sucedido con esas personas?
El caso empezaba a ser, aparentemente, más grande que la propia familia Pándy.
10. El pastor contra todos
Pándy negó las acusaciones de manera frontal y categóricamente. Casi desafiante. Mantuvo que las personas desaparecidas habían abandonado voluntariamente a la familia y que la versión de Ágnes era falsa. Atacó la credibilidad de su hija.
La estrategia era lógica: si conseguía presentar a Ágnes como una persona poco fiable, todo el edificio de la acusación podía tambalearse.
Una de las peculiaridades que se señaló al comenzar el juicio en 2002 fue precisamente que no se había encontrado ninguna prueba material que demostrara directamente que Pándy hubiera matado a esas seis personas.
La investigación avanzaba por dos caminos distintos: el testimonio humano y las pruebas materiales.
Pándy había sido, durante años, un hombre respetado por su comunidad y el hombre que controlaba las explicaciones. Resultaba, para casi todos, altamente impactante que tal personaje pudiera resultar un farsante pero, por todos es sabido que, hasta el peor criminal procura pasar desapercibido.
11. El juicio
La acusación tenía que enfrentarse a una dificultad enorme: los seis desaparecidos no habían sido recuperados como cadáveres identificables.
El caso se apoyaba fundamentalmente en:
- La desaparición de seis familiares;
- la investigación sobre Pándy;
- las declaraciones de Ágnes;
- documentos y cartas que parecían formar parte de una puesta en escena;
- los hallazgos realizados en las propiedades de Pándy;
- y, sobre todo, la coherencia —según la acusación— entre todos esos elementos.
El propio Le Monde resumía la peculiaridad del proceso: Pándy respondía por seis asesinatos, pero no existía entonces una prueba material directa que demostrara su culpabilidad.
Eso es fundamental para entender el juicio.
No fue:
«Aquí están los seis cuerpos. Aquí está el ADN. Aquí está el asesino.»
Fue:
«Estas seis personas desaparecieron. Este hombre dio explicaciones que no se sostienen. Su hija cuenta cómo fueron asesinadas. Y una cadena de indicios apunta hacia él.»
Así, el juicio comenzó a reconstruir una familia a través de sus ausencias. No fue solamente una sucesión de testimonios sobre asesinatos. Fue la reconstrucción de años de relaciones familiares, abusos y miedo, así como la aportación de las pruebas forenses sobre lo encontrado en la residencia familiar.
Por lo tanto, los peritos no encontraron a Pándy dentro de un cadáver; encontraron la posibilidad material de que la historia que contaba Ágnes hubiese ocurrido.
Por otra parte, durante el proceso aparecieron personas que habían tenido una relación suficientemente buena con Pándy como para haberle apoyado públicamente o haber intercedido por él.
Un ejemplo muy revelador fue el de Réka, la hija menor superviviente. Cuando las autoridades la apartaron de la familia y la ingresaron en una institución de protección de menores, algunas personas que conocían a Pándy escribieron cartas apoyando su petición para recuperar a la niña. Confiaban en él lo suficiente como para defenderlo ante las autoridades.
Eso resulta mucho más significativo que un simple «algunos vecinos decían que era buena persona». Demuestra que su reputación social era real: había personas que consideraban que Pándy era un hombre digno de confianza y estaban dispuestas a actuar en su favor.
Durante el juicio, sin embargo, algunos de aquellos testigos dijeron que se arrepentían de haberlo apoyado.
Entre los testigos, se contó con János Szilágyi, un hombre de origen húngaro que conocía a Pándy. Su testimonio fue especialmente incómodo para la defensa: declaró que él había enseñado a Pándy a utilizar armas de fuego, cuando ándy negaba que las siete armas encontradas en sus casas fueran suyas.
12. La sentencia
El 6 de marzo de 2002, llegó la sentencia.
La defensa de Pándy consiguió algo importante: demostró que el caso tenía zonas de incertidumbre.
El jurado tuvo que deliberar durante horas y, según la prensa belga, la cuestión de la culpabilidad no fue tan sencilla como podía parecer desde fuera. Padre e hija contaban historias contradictorias a través de los defensores de cada parte.
Finalmente, consiguieron llegar a una sentencia a través de la suma de los posibles indicios. Esta circunstancia —entre demostrar científicamente un hecho y hacer científicamente plausible una reconstrucción criminal— es probablemente la clave de todo el juicio, pues sin haber llegado a poderse probar que los Pándy eran materialmente culpables, determinaron que, de hecho, lo eran.
Ágnes Pándy fue condenada el 6 de marzo de 2002 a 21 años de prisión por el Tribunal de lo Penal de Bruselas.
La precisión importante es esta: no fue condenada por los seis asesinatos de su padre. Fue declarada culpable de complicidad en cinco de los seis asesinatos y en el intento de asesinato de su hermanastra Tímea.
La Fiscalía había pedido para ella 25 años —otras fuentes contemporáneas recogen una petición de entre 25 y 29 años—, pero el tribunal redujo la pena por las circunstancias atenuantes: fundamentalmente, la enorme presión psicológica ejercida por su padre, los abusos y violaciones que había sufrido y su colaboración posterior con la investigación.
Pero, Ágnes no cumplió los 21 años íntegros. Había ingresado en prisión en 1997 y obtuvo la libertad condicional en 2010, después de aproximadamente once años encarcelada.
András Pándy murió en prisión, el 23 de diciembre de 2013, a los 86 años. Estaba cumpliendo la cadena perpetua que le había impuesto en 2002 el Tribunal de lo Penal de Bruselas por los seis asesinatos, además de la tentativa de asesinato y las violaciones por las que fue condenado. Murió en la enfermería de la prisión de Brujas. No reconoció los asesinatos. Murió, por tanto, como había vivido durante el juicio: negándolo todo.
Hay una circunstancia especial: en 2013 todavía estaba intentando obtener una forma de libertad, aunque fuera para pasar sus últimos años en una residencia. Las autoridades habían buscado centros que pudieran acogerlo, pero no encontraron uno dispuesto a hacerlo.
13. Lo que quedó bajo tierra
La sentencia resolvió una parte del misterio. No todo.
Los investigadores habían encontrado restos humanos que no pudieron atribuir de manera concluyente a las seis víctimas por las que Pándy había sido condenado.
Y aquello abrió otra puerta. ¿Había, entre esos restos humanos, más víctimas atribuibles a los Pándy?
Durante la investigación se estudiaron posibles conexiones con mujeres que Pándy habría conocido mediante anuncios matrimoniales. Se formularon hipótesis. Se hicieron búsquedas. Se intentó determinar a quién pertenecían aquellos restos.
Pero una investigación criminal necesita algo más que una sospecha. Necesita pruebas. Y aquellas pruebas no llegaron a ser suficientes para añadir otros asesinatos a la condena.
Hay casos que terminan resolviendo todas las dudas respecto al caso. Pero, el caso Pándy no terminó así. La sentencia simplemente cerró el expediente. Pero no cerró todas las preguntas.
14. El final
András Pándy nunca reconoció los asesinatos. Murió sosteniendo su versión.
Pero al final fueron los restos los que acabaron imponiéndose.
En un proceso penal europeo no se exige necesariamente una prueba directa —como un cadáver identificado, una grabación o una confesión—. Lo que se exige es que el tribunal alcance una convicción de culpabilidad basada en pruebas valoradas en conjunto, respetando la presunción de inocencia y el derecho de defensa.
La justicia trabaja también con indicios.
Un indicio, aislado, puede no significar gran cosa. Una desaparición puede tener mil explicaciones. Una mentira puede ser solamente una mentira. Un arma puede pertenecer a alguien sin haber sido utilizada en un crimen. Un resto humano puede no tener nombre.
Pero cuando todas esas piezas apuntan en la misma dirección, dejan de ser piezas aisladas.
En el caso Pándy estaban las seis desapariciones. Estaban las explicaciones cambiantes del pastor. Estaban las declaraciones de Ágnes, que no solamente acusaba a su padre, sino que se incriminaba a sí misma. Estaban los restos humanos encontrados en sus propiedades. Estaban los productos químicos y los experimentos que demostraban que la destrucción de los cuerpos descrita por Ágnes era posible. Estaban las armas. Estaban los documentos. Estaban las cartas utilizadas para mantener la ficción de que algunos desaparecidos continuaban vivos. Y estaba, sobre todo, una circunstancia que ninguna prueba de laboratorio podía explicar: seis personas relacionadas con el mismo hombre habían desaparecido y ninguna había regresado.
La defensa podía atacar cada elemento. Y lo hizo.
Pero el jurado no tenía que preguntarse si cada indicio, por separado, demostraba un asesinato.Tenía que responder a una pregunta mucho más sencilla y mucho más terrible: ¿qué explicación explica mejor todos los hechos al mismo tiempo?
El caso Pándy (true crime)
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