Olga Bauer-Pilecka: una voz entre dos mundos

Olga Bauer-Pilecka (1887-1941) perteneció a esa generación de mujeres europeas cuya trayectoria quedó atravesada por dos transformaciones decisivas: la expansión de la vida cultural de comienzos del siglo XX y la destrucción de aquel mundo bajo el avance del nazismo. Nacida en Rawa-Ruska, en la Galitzia entonces perteneciente al Imperio austrohúngaro, llegó a Viena muy joven para formarse como cantante.

Su carrera la llevó desde los escenarios de Dortmund hasta la Hofoper vienesa, donde interpretó un amplio repertorio de mezzosoprano y contralto y compartió cartel con algunas de las grandes figuras musicales de su tiempo.

Pero Bauer-Pilecka no fue únicamente una mujer de teatro. Tras abandonar la actividad estable en la Ópera de Viena, desarrolló una segunda trayectoria vinculada al mundo editorial. Al frente de la editorial Fiba-Verlag, participó en una intensa actividad cultural en una Viena que, durante los años veinte y treinta, todavía conservaba buena parte de su extraordinaria tradición intelectual. Entre sus publicaciones hubo obras relacionadas con la cultura y la historia judías, una circunstancia que adquirió una dimensión especialmente dramática después del Anschluss de 1938, cuando las nuevas disposiciones nazis afectaron directamente a su actividad editorial.

Su biografía contiene además un singular episodio relacionado con la literatura española: en 1932 fue quien presentó a la joven escultora Margarita Gil Roësset a Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí. Aquel encuentro pertenece ya a la historia de las relaciones culturales entre España y la Europa central de entreguerras.

La siguiente epístola es una recreación literaria en primera persona. No pretende reproducir una carta auténtica de Olga Bauer-Pilecka ni atribuirle pensamientos o palabras que hayan llegado hasta nosotros. Su propósito es reconstruir, a partir de episodios y datos documentados de su vida, la posible mirada íntima de una mujer que conoció el esplendor cultural de la Viena de comienzos del siglo XX y asistió después a la desaparición de aquel mundo.


Carta de Olga Bauer-Pilecka

Viena, 1941

No sé si alguna vez he aprendido a explicar quién fui. Quizá porque durante demasiados años fui varias mujeres al mismo tiempo.

Primero fui Olga von Pilecka, la muchacha de Galitzia que aprendió a tocar el piano y que, cuando apenas tenía doce años, comenzó a cantar en el coro de una escuela conventual.

Después fui la joven que llegó a Viena en 1904 para estudiar canto con Rosa Papier-Paumgartner.

Y durante muchos años fui simplemente una voz. Eso es lo que la gente recuerda de una cantante: la voz. No recuerda el esfuerzo que hubo detrás de ella ni, por supuesto, recuerda las horas de estudio, la disciplina, los nervios antes de salir al escenario ni aquella extraña sensación de que, durante unos minutos, alguien puede dejar de pertenecerse a sí misma/o y convertirse únicamente en aquello que está cantando. Todo eso solo lo recordamos los intérpretes. También los ejecutantes.

En 1912 terminé mis estudios de canto con excelentes calificaciones gracias, entre otras cosas, a una beca de la Fundación Czartoryski. Aquel mismo año llegó mi debut en Dortmund.

Tenía entonces veinticinco años. Veinticinco.

Ahora me parece una edad casi absurda para comenzar una vida profesional, aunque entonces me parecía que ya debía saberlo todo.

No lo sabía. Nadie sabe nada a los veinticinco. Pero yo tenía una voz y tenía ambición.

Y tenía Viena.

Regresé a la ciudad en 1913 y me casé con Bernhard Bauer, médico ginecólogo. Nuestra hija Johanna, a la que llamábamos Hansi, llegó después.

La vida parecía haber encontrado su forma.

Cantaba.

Era esposa.

Era madre.

Y seguía cantando.

En 1917 recibí la llamada de la Hofoper. Aquello significó mucho para mí porque la Hofoper no era solamente un teatro. Era una institución. Una de esas instituciones que parecen existir desde antes de que una nazca y que, ingenuamente, imagina que continuarán existiendo después de que una muera.

Allí interpreté papeles muy diferentes: fui Carmen, fui Amneris en «Aida», fui Azucena en «Il trovatore», Maddalena en «Rigoletto», Orlofsky en «El murciélago», Brangäne en «Tristán e Isolda», Fricka en «El anillo del nibelungo».

También interpreté personajes pequeños. Eso quiero recordarlo aquí, en esta epístola que no sé si será recibida.

El teatro no está hecho solamente de protagonistas. Una carrera tampoco.

Hay que aprender a aceptar que unas noches se lleva una corona y otras se permanece casi escondida entre los personajes secundarios.

Quizá por eso nunca he creído demasiado en la importancia de los nombres.

El público ve un nombre en el programa. La vida, a la persona que está detrás. Ocurre, en ocasiones, sí, que esa persona puede desaparecer mucho antes que su nombre. Pero, ¿la convierte en protagonista de algo?

En Viena canté también en conciertos. A veces pienso que esa fue una parte más importante de mi vida artística que el teatro.

En 1919, por ejemplo, canté en el Musikverein bajo la dirección de Franz Schalk, en un programa que incluía obras de Bach. Rudolf Serkin estaba al piano.

Cuando una vuelve la vista atrás, comprende que los recuerdos no se ordenan por importancia. Una recuerda un escenario. Una sala. Una respiración. Una mirada. Un silencio antes de comenzar.

Y de repente, muchos años después, aquel instante vuelve con una precisión que no tienen acontecimientos mucho más grandes.

También canté obras de Arnold Schönberg.

En 1921 fui solista en un concierto en la catedral de Salzburgo. He leído después que se habló especialmente de mi interpretación de la parte de contralto de los «Gurrelieder».

Es curioso. Los periódicos pueden escribir una frase sobre una interpretación y hacer que esa frase sobreviva a la propia persona. Pero nadie puede escribir lo que una cantante siente cuando está allí arriba. Eso no queda registrado. La voz desaparece. Solo queda su papel.

Quizá por eso me interesaron tanto los libros. En 1928 dejé mi puesto en la Ópera de Viena. No fue exactamente abandonar ese mundo. Fue cambiar de escenario.

Había empezado a trabajar con el Fiba-Verlag y terminé dedicándome por completo a la editorial.

Los libros tienen algo que el teatro no posee: no necesitan que alguien respire para existir. Pueden esperar. Pueden sobrevivir a su autor. Pueden viajar a ciudades donde nunca estuvo quien los escribió.

El Fiba-Verlag publicó novelas, biografías, guías, manuales y libros de muy distinta naturaleza.

También publicamos libros relacionados con el mundo judío.

En 1934 apareció nuestra primera edición de la biografía de Theodor Herzl escrita por Alex Bein.

No sabía entonces cuánto iba a cambiar el significado de determinadas palabras. Ni cuánto iba a estrecharse el mundo.

Después llegó 1938.

No necesito explicar lo que significó el Anschluss. Quienes vivíamos en Viena sabemos que hay momentos en los que una ciudad puede cambiar de aspecto sin que cambien sus edificios.

Las calles seguían siendo las mismas. Las casas seguían allí. Los cafés seguían allí. Pero las personas comenzaron a mirar de otra manera. Y también comenzaron a ser miradas de otra manera.

Nuestra editorial tuvo problemas. Los libros relacionados con asuntos judíos dejaron de poder distribuirse normalmente. La administración exigía declaraciones, papeles, inventarios, justificaciones.

En julio de 1938 tuve que presentar la declaración sobre el patrimonio de la empresa. Los números eran casi una ironía. Después de descontar las deudas, no quedaba prácticamente nada.

A finales de aquel año la Fiba-Verlag fue eliminada del registro mercantil.

Había terminado. Sin estrenos, ni aplausos, ni con una última representación de despedida.

Con un asiento administrativo. Con una línea en un registro.

Así terminan algunas vidas. Sin una tragedia visible, solo con un funcionario que escriba una última anotación.

Yo había pasado media vida intentando que mi nombre apareciera en los programas y así mi nombre desaparecía de los registros.

No sé qué habría pensado de todo esto la muchacha de doce años que cantaba en aquella escuela conventual. Quizá no habría entendido nada o quizá habría preguntado solamente si todavía podía cantar y aprovechar para seguir viviendo.

Creo que esa pregunta contiene casi toda mi vida: si todavía podía cantar.

Durante años pensé que la respuesta era sí. Incluso cuando cambiaron los tiempos y la editorial desapareció. Incluso cuando el mundo que había conocido se hizo irreconocible.

Todavía había música. Todavía había libros. Todavía había personas.

Años antes, en 1932 conocí a Margarita Gil Roësset y a su hermana Consuelo. Aquella relación me llevó a conocer también a Juan Ramón Jiménez y a Zenobia Camprubí.

Margarita era muy joven. Tenía una intensidad difícil de explicar.

Quiso hacer un busto de Zenobia. Yo fui quien presentó a Margarita y a Juan Ramón. Años más tarde, lo lamenté. Jamás pude imaginar que esa intensidad de Margarita sufriría conociendo el talento majestuoso de Juan Ramón.

A veces la historia conserva estas pequeñas conexiones que, vistas desde lejos, parecen insignificantes. Una presentación, una conversación, un encuentro encantador.

Y después descubrimos que aquellas personas llevaban dentro historias que no podíamos imaginar.

No sé cuánto sabe el futuro de nosotros. Probablemente muy poco. Tal vez solamente conserve algunos nombres. El mío quizá aparezca unido a una ópera o en una fotografía. O, si queda algo de mi editorial en el recuerdo colectivo, en una firma o en alguna fecha señalada.

Por ejemplo, el 14 de febrero de 1887 o el 2 de julio de 1941. Entre esas dos fechas cabe una vida.

Una vida que no fue solamente la de una cantante. Ni solamente la de una editora, de una mujer nacida en Galitzia y llegada a Viena.

Fue todas ellas. Fui todas ellas.

Y quizá también fui, durante un tiempo, aquello que ocurre cuando una mujer intenta decidir por sí misma qué hacer con el talento que le ha tocado.

No sé qué quedará de mí.

Las voces desaparecen, ¿verdad? Sobre todo si desaparecen los soportes que pueda reproducir dónde quedaron registradas.

Los teatros cambian de nombre. Las editoriales cierran. Los libros se pierden. Las fotografías amarillean.

Pero quizá alguien vuelva a abrir un programa antiguo y encuentre mi nombre. Quizá lea que una mujer llamada Olga Bauer-Pilecka cantó en Viena.

Quizá escuche una grabación, alguien que tenga un reproductor heredado y sepa cómo usarlo.

Si ocurre, me gustaría que no pensara solamente en una cantante.

Que recuerde también a la muchacha de Galitzia.

A la mujer que llegó a Viena en 1904.

A la madre de Hansi.

A la editora que intentó mantener una empresa entre libros cuando el mundo empezaba a cerrarse.

Y recuerde que hubo una época en la que todavía creíamos que la cultura podía durar para siempre y, sin embargo, sufrió el sesgo de las dicaduras.

No, no todo duró.

Pero nosotros estuvimos allí, cantando bajo esa inimaginable lluvia.

Allí mismo cantamos. Porque la música no dejó de desaparecer. Solo adaptaron sus gustos a sus políticas. Y los intérpretes de cierta colectividad étnico-religiosa murieron y dejaron de cantar. Claro.

Pero, aún así, yo misma, como otros tantos, pudimos poseer a Wagner antes que un tal Adolfo se lo quisiera adueñar como identidad.

Olga Bauer-Pilecka


Olga Bauer-Pilecka: una voz entre dos mundos


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