Enrique VIII murió el 28 de enero de 1547, en Whitehall Palace, después de un deterioro físico extraordinario. Tenía cincuenta y cinco años y llevaba tiempo padeciendo graves problemas de salud, entre ellos unas enormes úlceras en las piernas y una obesidad que había llegado a dificultar enormemente su movilidad.
Pero lo verdaderamente curioso comienza después de su muerte.
Su cuerpo no fue enterrado inmediatamente. El funeral se celebraría el 16 de febrero, casi tres semanas después de su muerte. Durante esos días el cadáver fue preparado, colocado en un ataúd y trasladado lentamente desde Londres hacia Windsor.
Y durante ese viaje ocurrió —o probablemente ocurrió— uno de los episodios funerarios más macabros de la historia de los Tudor.
1. Enrique quería ser enterrado junto a Jane Seymour
Enrique no quiso ser enterrado junto a sus padres en Westminster.
Su deseo era descansar en St George’s Chapel, en Windsor, junto a su tercera esposa, Jane Seymour, la madre de su único hijo varón legítimo.
Jane había muerto en 1537, apenas doce días después de dar a luz al futuro Eduardo VI. Enrique había sentido por ella un afecto particular y, sobre todo, Jane había conseguido aquello que las otras esposas no habían conseguido: darle un hijo varón que sobreviviría a la infancia.
Jane había sido enterrada en Windsor el 12 de noviembre de 1537. Diez años después, Enrique decidió que su propio cuerpo descansaría junto al de ella.
La elección tiene cierta importancia simbólica.
Enrique había tenido seis esposas:
Pero escogió como compañera de sepultura a Jane, la única que le había dado un hijo varón legítimo.
2. El cadáver permaneció días esperando el funeral
Aquí tenemos que imaginar el problema práctico, pues Enrique murió el 28 de enero, pero el entierro se produjo el 16 de febrero.
No existía, por supuesto, la conservación moderna de cadáveres. Aunque los cuerpos reales recibían tratamientos especiales y se empleaban ataúdes de plomo y otros materiales protectores, la descomposición seguía produciéndose.
El cuerpo de Enrique, además, era particularmente voluminoso.
Su ataúd fue preparado con varias capas y, finalmente, quedó protegido con plomo y cubierto con un paño funerario de terciopelo. Esto es importante porque a veces se cuenta la historia como si el cuerpo hubiera sido simplemente colocado en un ataúd de madera.
No fue así.
Era un funeral real.
Y, precisamente por eso, el espectáculo que se produjo posteriormente resultó tan extraordinario.
3. El cortejo salió de Londres
El cadáver fue trasladado desde Londres hacia Windsor.
El viaje fue deliberadamente lento y ceremonial. El funeral de un monarca no consistía simplemente en llevar un cadáver de un lugar a otro: se construía alrededor de él toda una representación del poder.
Se levantaron estructuras funerarias temporales, conocidas como hearses, que funcionaban como una especie de arquitectura efímera alrededor del ataúd.
Historic Royal Palaces ha estudiado precisamente esta parte del funeral y señala que el cuerpo avanzó hacia Windsor pasando por Syon, donde permaneció durante una noche.
Y es allí donde comienza la historia que convirtió el entierro de Enrique VIII en una leyenda.
4. La noche en Syon
El 14 de febrero de 1547, el ataúd de Enrique llegó a Syon. El antiguo monasterio de Syon tenía una relación especialmente curiosa con la historia matrimonial de Enrique VIII: allí había estado recluida durante un tiempo Catalina Howard, su quinta esposa, antes de ser ejecutada.
Ahora, pocos años después, llegaba allí el cadáver del propio Enrique.
El ataúd permaneció allí durante la noche.
Y, según la tradición, durante aquella noche comenzó a suceder algo desagradable: el cadáver estaba descomponiéndose y un líquido procedente del interior del ataúd salió al exterior.
Algunas fuentes posteriores describen la sustancia como un líquido oscuro o rojizo.
Y aquí entra en escena un fraile llamado William Peto.
5. La profecía de los perros
Años antes, Peto había tenido un enfrentamiento con Enrique VIII.
En 1535, cuando el rey estaba avanzando en su ruptura con Catalina de Aragón y con Roma, Peto había predicado ante él. Su predicación fue extraordinariamente atrevida. Peto comparó a Enrique con Acab, el rey bíblico de Israel. Y anunció que Dios castigaría a Enrique.
La referencia era particularmente insultante porque, según el relato bíblico, después de la muerte de Acab los perros lamieron su sangre.
La profecía atribuida a Peto decía, en esencia, que los perros acabarían lamiendo la sangre de Enrique VIII.
Enrique no olvidó aquello.
Y, por ello, ahora saltaremos a 1547.
El ataúd está en Syon. El cadáver se está descomponiendo. Y aparece líquido en el suelo.
Entonces aparece un perro.
6. El perro
La versión tradicional dice que un perro callejero se acercó al líquido que había salido del ataúd y comenzó a lamerlo, uno de esos momentos en los que la historia se convierte en leyenda, porque la coincidencia era perfecta: el rey Enrique VIII, muerto y descomponiéndose dentro de un ataúd, mientras un perro lame los fluidos que han salido de él.
Y aquello podía interpretarse como el cumplimiento literal de la antigua profecía de Peto.
La historia fue transmitida posteriormente como una especie de castigo divino.
Pero hay que hacer una distinción importante: la filtración del ataúd es bastante más plausible que la escena tal como suele contarse.
La existencia de la profecía está documentada en la tradición histórica sobre Peto. La historia de la sustancia que salió del ataúd también aparece en relatos posteriores.
Pero la escena del perro no tiene el mismo grado de seguridad documental que el propio funeral.
No podemos decir con rigor:
«Sabemos que un perro lamió la sangre de Enrique VIII».
Lo correcto es:
Una tradición posterior afirmó que un perro lamió los fluidos que habían salido del ataúd y que aquello cumplió la profecía de William Peto.
Eso es mucho más interesante históricamente, porque permite distinguir entre el acontecimiento y la forma en que las generaciones posteriores decidieron interpretarlo. Pero, sin duda, lo convierte en un relato más cinematográfico…
7. ¿Por qué se produjo la filtración?
Aquí tampoco necesitamos recurrir a nada sobrenatural.
Enrique llevaba diecisiete días muerto cuando el ataúd llegó a Syon.
Su cuerpo era extremadamente corpulento y había sufrido graves enfermedades.
La descomposición produce gases y líquidos. La presión interna puede aumentar y, si el sellado del ataúd no es perfecto, pueden producirse filtraciones.
Por tanto, la explicación más razonable es completamente natural: el cuerpo estaba descomponiéndose.
La leyenda convirtió un fenómeno físico normal de la descomposición en una señal de castigo divino.
Y esto encaja perfectamente con la mentalidad religiosa y política de la época.
8. Enrique continúa su último viaje
Después de aquella noche, el cortejo continuó hacia Windsor.
Finalmente, el 16 de febrero de 1547, el cuerpo llegó a St George’s Chapel.
Allí esperaba la tumba de Jane Seymour.
El entierro fue mucho más solemne de lo que la historia de los perros podría hacer pensar.
Según el relato del funeral, dieciséis Yeomen of the Guard llevaron el ataúd y lo descendieron mediante fuertes telas de lino hasta la bóveda situada junto al cuerpo de Jane Seymour.
Entonces tuvo lugar un gesto ceremonial extraordinariamente simbólico: los principales funcionarios del reino rompieron sus bastones blancos de oficio y los arrojaron a la tumba. Después sonaron las trompetas y terminó el funeral.
9. Pero Enrique había querido algo muchísimo más grandioso
Aquí aparece una de las grandes ironías de todo el asunto: Enrique VIII había proyectado una tumba monumental y no una tumba modesta. Quería un monumento funerario digno de un soberano renacentista: enorme, espectacular, con esculturas y elementos de bronce y mármol.
El proyecto comenzó durante su vida, pero nunca llegó a terminarse.
Después de su muerte, los trabajos no se completaron.
Y con el paso de los siglos, las piezas que sí habían sido fabricadas terminaron dispersándose.
Durante la Guerra Civil inglesa, gran parte del bronce asociado al monumento fue desmontado, fundido y vendido. Incluso el gran sarcófago de mármol terminó reutilizado para el monumento funerario de Horatio Nelson en St Paul’s Cathedral.
Es una ironía extraordinaria: el hombre que había ordenado construir uno de los grandes monumentos funerarios de Inglaterra terminó sin él.
Hoy su sepultura está marcada esencialmente por una losa.
10. Y entonces llega Carlos I
Aquí la historia da un giro todavía más extraordinario.
En 1649, unos 102 años después de la muerte de Enrique, otro rey inglés fue ejecutado: Carlos I.
Fue decapitado el 30 de enero de 1649.
El nuevo régimen no quiso concederle un funeral real en Westminster.
Su cuerpo fue trasladado a Windsor y terminó siendo enterrado en la misma bóveda en la que descansaban Enrique VIII y Jane Seymour.
Así que ocurrió algo que nadie podía haber imaginado en 1547: Enrique VIII y un rey ejecutado por sus propios súbditos acabaron compartiendo sepultura. Léase la ironía basándose en que Enrique VIII fue el primer monarca inglés en decapitar a otro monarca públicamente (su esposa Ana Bolena, si bien ordenó ejecutar también a Catalina Howard).
11. Durante mucho tiempo nadie supo exactamente dónde estaba Carlos I
Entramos en una historia casi detectivesca: después de la ejecución de Carlos I, existía cierta incertidumbre sobre el lugar exacto donde había sido enterrado. Su antiguo criado, William Herbert, sabía que el cuerpo había sido depositado en la tumba de Enrique VIII, pero esa información no se hizo pública hasta después de su muerte.
Durante más de siglo y medio, por tanto, existió incertidumbre sobre la ubicación exacta de los restos. Hasta que ocurrió algo extraordinario.
12. 1813: los obreros atraviesan accidentalmente la pared
Durante unas obras en St George’s Chapel, a comienzos del siglo XIX, los trabajadores estaban realizando trabajos relacionados con el nuevo mausoleo real.
Y accidentalmente abrieron un hueco en una pared.
Al mirar dentro descubrieron una bóveda y dentro había tres ataúdes.
Uno era enorme. Otro era más pequeño. Y había un tercero cubierto con un paño negro.
Los identificaron provisionalmente como:
- Enrique VIII.
- Jane Seymour.
- Carlos I.
También apareció posteriormente un pequeño ataúd que contenía los restos de un hijo nacido muerto de la reina Ana.
13. Abrieron el ataúd de Carlos I
El descubrimiento provocó enorme interés.
El entonces Prince Regent, futuro Jorge IV, autorizó que se examinara el ataúd cubierto de negro.
El examen se realizó el 1 de abril de 1813. Estuvo presente el médico Sir Henry Halford, además de otros personajes de la corte.
Abrieron el ataúd y encontraron el cuerpo de Carlos I.
Pero había algo especialmente macabro: la cabeza estaba separada del cuerpo.
No era una sorpresa: Carlos había sido decapitado.
Pero el examen permitió confirmar que aquella cabeza presentaba una herida compatible con la ejecución. El médico señaló que la separación había sido producida por un golpe muy fuerte con un instrumento afilado.
En otras palabras: Carlos I seguía siendo reconocible 164 años después de su ejecución justamente por haber sido decapitado.
14. ¿Y qué encontraron de Enrique VIII?
El ataúd atribuido a Enrique VIII estaba en bastante peor estado.
Medía aproximadamente seis pies y diez pulgadas —unos 2,08 metros— y se encontraba deteriorado. Parte del ataúd había sufrido daños y se podía observar un esqueleto en su interior.
El ataúd de Jane Seymour, que era más pequeño, no fue abierto. Los investigadores consideraron que no había suficiente justificación para perturbar sus restos simplemente por curiosidad.
Por tanto, tenemos una situación muy curiosa: el ataúd de Carlos I fue abierto y examinado; el de Enrique VIII fue observado parcialmente a través de sus daños, pero no se realizó una exhumación científica completa.
15. Y la tumba quedó otra vez cerrada
Después del examen, volvieron a cerrar el ataúd de Carlos.
Los otros ataúdes quedaron donde estaban.
Décadas después, en 1837, durante el reinado de Guillermo IV, se colocó una losa de mármol que señalaba la sepultura.
La inscripción identifica a quienes descansan en la bóveda: Jane Seymour, 1537; Enrique VIII, 1547; Carlos I y un hijo nacido muerto de la reina Ana.
16. La paradoja final
La historia de Enrique VIII termina de una manera extraordinariamente apropiada.
El hombre que había construido una monarquía basada en la magnificencia, el ceremonial y la exhibición de poder quería una tumba monumental.
No la consiguió.
El hombre que había ordenado ejecuciones y había desafiado a Roma terminó siendo objeto de una historia macabra sobre un cadáver que supuestamente filtró sangre ante un perro; el hombre que había cambiado la religión de Inglaterra terminó enterrado en una bóveda sencilla. Y, un siglo después, un rey que sería decapitado por sus propios súbditos fue colocado junto a él.
Finalmente, más de dos siglos después, los obreros que construían otra estructura real atravesaron accidentalmente la pared de la bóveda y volvieron a encontrar a los dos reyes.
Hoy, en St George’s Chapel, una sencilla losa señala el lugar.
La cronología completa
| Fecha | Acontecimiento |
|---|---|
| 1535 | William Peto predica contra Enrique VIII y lo compara con el rey bíblico Acab. |
| 12 noviembre 1537 | Jane Seymour es enterrada en St George’s Chapel, Windsor. |
| 28 enero 1547 | Muere Enrique VIII en Whitehall. |
| 14 febrero 1547 | El ataúd pasa la noche en Syon. Surge la tradición de la filtración y el perro. |
| 16 febrero 1547 | Enrique es enterrado junto a Jane Seymour. |
| 30 enero 1649 | Carlos I es ejecutado. |
| 8 febrero 1649 | Carlos I es enterrado en Windsor, en la bóveda de Enrique VIII. |
| 1813 | Se descubre accidentalmente la bóveda durante unas obras. |
| 1 abril 1813 | Se abre el ataúd de Carlos I para identificar sus restos. |
| 1837 | Guillermo IV ordena colocar la losa que marca la sepultura. |
Hay un detalle que merece una aclaración especial: la famosa historia de que el cuerpo de Enrique «explotó» dentro del ataúd es una exageración posterior. Lo que resulta históricamente mucho más razonable es que se produjera una filtración de líquidos de descomposición. La imagen del cadáver explotando y el perro lamiendo sus restos pertenece a la tradición macabra que se desarrolló alrededor del episodio.
La parte más sólida documentalmente es el funeral del 16 de febrero, el enterramiento junto a Jane y, siglos después, el descubrimiento de la bóveda y la identificación de Carlos I.
Y precisamente por eso el episodio de Syon resulta tan fascinante: no necesitamos que todo lo de la leyenda sea cierto para que la historia real sea extraordinariamente siniestra.
El enterramiento de Enrique VIII: una muerte digna de una novela negra
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